LOS HOMBRES DE NEGRO HAN DESTRUÍDO OCCIDENTE

 

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Editorial Amarante

 

 

ECONOMÍA EXPLICADA POR QUIEN NO SABE ECONOMÍA.

Los países occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, caminan con paso firme hacia su práctica desaparición como agentes de alguna importancia en el mundo futuro que se adivina.

Han perdido su anterior capacidad industrial, mejor dicho, la han transferido voluntariamente a otros países que ahora se aprestan a dictar las normas.

Occidente es un geriátrico, una residencia de ancianos que sólo esperan las tres comidas del día y los programas de televisión que se encargan de mantener el encefalograma plano.

Toda actividad social, desde la más simple, (relaciones de familia, de vecindario), hasta la más compleja, (como puede ser la estructuración de un sistema económico adecuado), precisan de un sustrato, de un fundamento ideológico que le de sentido, una guía que indique si lo que hacemos, lo que pensamos y lo que decimos es conforme a lo establecido. Así el matrimonio tradicional católico se regía por una serie de reglas dictadas por la Iglesia. El divorcio era impensable, la familia, sagrada, el papel de los progenitores digno de respeto. La economía, la forma de trabajar, el tiempo que se debía dedicar al trabajo, también estaba regido por una tradición que establecía un día obligatorio de descanso, un día sagrado de asueto obligado, salvo en actividades imprescindibles para la sociedad.

El advenimiento de la nueva economía, (tuvo lugar sobre la década de los setenta), destruyó todo un sistema social que se había convertido en el modelo que seguían los países occidentales. La producción industrial requería grandes masas de trabajadores manuales que acudían a sus puestos de trabajo conforme a horarios bien definidos, lo que posibilitaba que dicha producción pudiese realizarse en días de la semana que se denominaban hábiles y en horarios que podemos definir como humanos por contraposición a los que ahora se han establecido como imprescindibles. El incremento del precio de las materias primas (singularmente el petróleo) como consecuencia de los problemas políticos en Oriente Medio, guerras árabe israelíes, dio lugar a un deterioro de los beneficios a que estaban acostumbrados los magnates industriales de occidente.

Podían haberse buscado otras soluciones, pero los prohombres de las empresas occidentales decidieron echarse en manos de una nueva y emergente clase especial de seres sin alma, fundamentalmente economistas, y de una ideología, el neoliberalismo, cuyos sacerdotes habían estudiado o lo hacían todavía en los seminarios de la nueva religión.

Yale, Harvard, Chicago, expulsaron al mundo los nuevos magnates del negocio que ya no iba tan bien como antes.

Su estrategia fue simple y eficaz. Se encontraron con una economía todavía sólida, llena de máquinas ubicadas en inmensas factorías productivas, talleres y trabajadores, y la transformaron en economía gaseosa. Todo se valoró en dinero, en dólares americanos, por supuesto y para eso se sirvieron de un par de instrumentos venenosos.

La cuenta de pérdidas y ganancias y el balance de situación. En esos formularios que antes indicaban la marcha del negocio, ahora se disolvieron máquinas y empleados fabriles. Los trabajadores, masas de seres humanos que vivían de, por y para la fábrica se transformaron en costes de personal. La cuenta de pérdidas y ganancias era clara como un amanecer luminoso. Los sacerdotes del nuevo culto ultraliberal se sintieron arrebatados por la emoción. Si sustituimos, se dijeron, estos costes de personal occidental, por los miserables con que se conformarán los miles de millones de muertos de hambre del tercer mundo, los beneficios serán tan estratoféricos que compensarán el traslado de cualquier fuerza productiva, el pago de las miserable indemnizaciones por desempleo que abonaremos a estos desgraciados, súbitamente convertidos en desagradable incordio que no hace otra cosa que molestar y además podremos, nosotros, los nuevos gestores de la economía occidental cobrar las necesarias comisiones que nos harán multimillonarios.

Llegados, pues a tan sorprendente conclusión, solicitaron las bendiciones políticas correspondientes, que obtuvieron de inmediato, obviaron por caducas las objeciones religiosas y por molestas, las morales y sin más dilación. Lo hicieron.

Por eso usted, y usted y yo, estamos ahora en la miseria.

Nota: He dedicado una serie de artículos a esta cuestión en mi otro blog “Escrito en el subsuelo”, de blogger. Probablemente acabe recalando definitivamente en éste en que ahora me leen. Pero los que puedan estar interesados en estas elucubraciones personales, de cuyo valor no estoy muy seguro, pueden leer un desarrollo más completo en el blog antes citado. Es evidente que puedo estar equivocado y quizá algún amable lector, más sabio y entendido que yo en estos misterios de la economía me haga las correcciones pertinentes. Se lo agradezco de antemano.

Sin embargo, últimamente aparecen algunos datos e informaciones económicas que me hacen sentirme razonablemente seguro en mis argumentos y conclusiones. Por ejemplo, José María Aristraín, a quien aludo en algún artículo de los antes comentados, dice que es necesaria una reindustrialización, o sea que reconoce que ha habido una previa desindustrialización que es lo que yo vengo sosteniendo. Además esta, más que desindustrialización, al menos en el caso de España, auténtica demolición, ha sido voluntaria, conducida por nuevos actores económicos que la han canalizado y hecho posible.

Yo identifico dos grupos concretos de gestores, gremios, órdenes religiosas, llámeseles como se quiera, que son los responsables últimos de la hecatombe occidental. Los ejecutivos (a los que llamaré hombres de negro. Traje, corbata, cara de cemento, expresión de perpetúa preocupación. Economistas, abogados con master gestión de empresas, ingenieros con los mismos estudios complementarios, etc.) y los sindicalistas, llamados de clase, cegados por sus desvaríos marxistas que apoyaron esta catástrofe en el convencimiento de que así, destruyendo industrias, destruían industriales, acababan con los sempiternos burgueses y patronos que aparecen en sus pesadillas. Demonios señalados con claridad por el catecismo comunista.

Ahora los vemos, a algunos de ellos, los más destacados, revolucionarios con el puño en alto, el izquierdo, por supuesto, rebosantes de millones, (mi hijo tiene dinero pasar una vaca), y es que la nueva economía, es por definición, inmoral, venenosa y corruptora. Véase el desfile constante de nuestros más preclaros prohombres de las finanzas y de la política en dirección a la cárcel. De forma que si no vas o has ido al talego, ya no eres nadie.

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