NUEVO AÑO

Editorial Amarante

NUEVO AÑO. PROSPECTIVAS

Comienza el año 2015 con negras perspectivas para España y para el mundo occidental. Houellebeq publica pronto nueva novela que ha titulado “Sumisión”. En un futuro no muy lejano prevé que Francia tendrá un presidente musulmán. Se han levantado voces airadas. “Semejante reflexión favorece a la ultraderecha de Marie le Pen”, dicen. A Houellebeq eso le da igual. Es un escritor genial y reconocido que puede permitirse enfrentarse al orden establecido. A pesar de lo cual y en los tiempos que corren hace falta coraje para adelantarse al tiempo y advertir de lo que se nos viene encima. Leí en su momeno “Partículas elementales” una historia ácida y corrosiva como la enfermedad que nos carcome en todo el occidente antes cristiano. “Cristo no resucitó”, escribe en alguna parte de la novela, no hay por tanto, esperanza. La muerte es la nada y nada nos espera. Sólo la fe en el progreso de la ciencia que conseguirá alguna especie de transmutación de la conciencia a un nuevo “contenedor” , algún cuerpo biocibernético con mejor fecha de caducidad. Entre tanto, el científico, uno de los dos protagonistas de la novela, el otro es un sexoadicto incontrolable, se lanza al abismo, se suicida.

Occidente, simplemente, se suicida, esa es la realidad. El matrimonio, un contrato jurídico de alto riesgo. La familia, una apuesta perdida de antemano, en todo caso, uno o dos hijos que serán educados en el odio a sus propios padres, en al análisis implacable de los males que aquejan al mundo y en la identificación del culpable por antonomasia.

El hombre, varón, blanco, de clase media-baja, dependiente de trabajos cada vez más escasos, peor remunerados y que, si no lo han hecho ya, acabarán realizándose en países asiáticos a precios de risa, es el culpable. La mujer blanca, seducida por el feminismo que le promete la libertad y la lucha interminable en busca de la igualdad, es algo menos culpable, pero su destino está ligado sin remedio al macho de la subespecie blanca al que aborrece por principio que no necesita explicación.

Las oscuras mentes que nos gobiernan lo saben bien, divide y vencerás. Hijos contra padres, hermanas contra hermanos, hombres contra mujeres. Los cada vez más numerosos excluidos de la nueva economía, ese ultraliberal aullido que pide libertad de circulación de capitales y personas, no pueden hacer nada porque están, han sido ya anulados. Sus quejas causan risa. Los sacerdotes televisivos sancionan cada vez con más descaro a los desgraciados que van quedando en la miseria. Entre las carcajadas falsificadas de los programas “reallity” que prometen la fama y el triunfo a cambio de la propia dignidad, abroncan a los quejicas que todo lo ven mal. Hay que ser progresista, hay que adaptarse a los tiempos. Aceptar que no hay nada más allá del propio sujeto. Cualquiera puede ser hombre o mujer, sólo hay que operarse a cargo de la sanidad pública, la misma que ahorra en medicamentos caros y expulsa a los enfermos incurables al cuidado de pobres familiares que no tienen recursos económicos ni apoyo psicológico, el que se les brinda amablemente a los criminales en las prisiones, para soportar semejantes cuidados. Y los que triunfan los que se llevan la parte del león en los beneficios, piden el aborto libre. Que los desgraciados no se reproduzcan, nosotros ya tenemos mano de obra barata y abundante en los países emergentes, nuestros beneficios están asegurados, el mundo es de los avispados, de los que surfean con elegancia la ola de la crisis que nosotros mismos hemos provocado.

Al mismo tiempo vemos nuestras ciudades cada vez más invadidas por inmigrantes africanos, muchos de ellos cargados de odio suministrado en abundancia por misioneros redentores exportados a nuestro cargo a los países que antes llamaban de misión. Allí, lo primero que hicieron fue desprenderse de los hábitos, dejarse de misas y predicaciones trascendentes y ocuparse de la “educación”. Educación en el odio a occidente, singularmente a España, que poco tuvo que ver en las nieblas de Conrad y su corazón perdido en el África belga. Y llegan invitados por nuestros propios dirigentes que, dicen una y otra vez, han sido elegidos democráticamente. Aquí están, y ya no se van a ir. Saben de la debilidad, huelen el miedo. Visten ya el uniforme de combate.

Houellebecq lo sabe, como lo saben muchos, pero él lo dice.

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