UN POCO DE PIEDAD

Se ha suicidado la esposa de un senador español, presuntamente implicada en alguna de las actividades de la llamada trama Gürtel.

Bastantes políticos y presuntos empresarios que a través de sus relaciones personales influían y conseguían contratos públicos se hallan en este momento imputados en causas judiciales por corrupción. Algunos de ellos están en la cárcel y otros podrían estarlo en un futuro cercano. También figuras conocidas del deporte, del espectáculo, del arte, se han visto salpicadas por acusaciones de fraude fiscal.

¿Qué ocurre en este país? ¿Son los políticos, los deportistas, los cantantes, personas más `propensas a corromperse, a defraudar a la Hacienda Pública que el común de los mortales por algún motivo que desconocemos?

Si queremos encontrar una explicación a este lamentable estado de cosas debemos recordar lo ocurrido durante la transición. A un régimen dictatorial le sucedió algo que en su momento parecía un régimen democrático homologable con los sistemas avanzados de nuestro entorno cercano.

Una constitución extensísima hasta el aburrimiento, hablaba de poderes separados, del tribunal constitucional, de regiones y nacionalidades, de propiedad privada y función social de la propiedad privada, de derechos humanos. España se convirtió de pronto en un país puntero, un referente internacional. La propaganda institucional acabó convenciendo a los españoles de que habitaban en una democracia asentada y ejemplar.

El nuevo ´régimen, subrepticiamente, venía acompañado de sus propios paradigmas de comportamiento social. La Iglesia Católica, su moral trasnochada, era sustituida por una nueva religión de guitarras eclesiales y desmayadas creencias religiosas con tendencia progresiva a una mayor lasitud. Se regulaba el divorcio, el aborto, explotaba la pornografía en revistas y películas y se desbordaba el instinto sexual, hasta entonces fuertemente reprimido. En el terreno económico se establecía el IRPF, novedoso y desconocido gravamen.

A través del impuesto sobre la renta y de otros que se irían regulando, el nuevo Estado democrático podía recaudar ingentes cantidades de dinero de sus confiados contribuyentes. Incluso, al final del ejercicio, una vez efectuados los complicados cálculos que requerían asesor fiscal y factura correspondiente, algún contribuyente podía verse sorprendido gratamente con la devolución de un dinero que previamente le habían retenido, de lo que él, en su confiada ignorancia, no había sido consciente. Todo era maravilloso.

Nuevas carreteras. Impresionantes vías rápidas de ferrocarril.

La televisión y la radio machacaban incansables,<< la Exposición de Sevilla, el AVE Madrid Sevilla, la Olimpiada de Barcelona>>, eran oportunidades de desarrollo. Los señores del COI, véase Samaranch, exigían a las ciudades y naciones a las que estafaban cada cuatro años, infraestructuras adecuadas, es decir, obras monumentales que alguien tenía que pagar. Desde luego, no ellos. Ellos sólo cobraban, y siguen a fecha de hoy, cobrando además de los magros emolumentos anuales, las mordidas correspondientes.

El mundial de fútbol, más de lo mismo, póngase aquí FIFA en lugar de COI y se obtendrá la lógica equivalencia. Y entre fiesta y fiesta, nuestros dirigentes políticos descubren la solución a semejante incremento del gasto que va añadiéndose a una montaña de deuda que no ha parado de crecer.

La contabilidad financiera, la conversión del capital acumulado a lo largo de los años en dinero líquido a través de ingeniosos artificios contables que permiten su fácil trasvase a otros países, el cobro de la contraprestación correspondiente y el desvío de las cantidades resultantes a cuentas privadas ocultas en paraísos fiscales. Se trataba, se trata, de un robo. Hablamos de la expoliación de la riqueza perteneciente a millones de españoles ante sus entretenidas, <<reallitys, telediarios, tertulias de televisión>> narices. El ilusionista distrae al respetable con la mano derecha <<televisión, radio>> y le roba con la mano izquierda.

Ese ha sido, ese es, el sistema. Todo el mundo podía hacerse rico con gran facilidad. Las más altas instituciones del Estado se dedicaban a la intermediación económica. Los contratos de suministro de energía correspondían en exclusiva a alguien que cobraba su comisión y de paso incrementaba su patrimonio. Un alcalde de un pueblo modesto podía recalificar terrenos rústicos robados a euro el metro cuadrado a sus legítimos propietarios y convertirlos en terrenos urbanos a mil euros el mismo metro cuadrado de antes. El cuñado constituía una S.A. de promoción inmobiliaria, rellenaba la oportuna solicitud y la mediación del alcalde hacía el resto. Todo quedaba en familia.

También se produjo el asalto salvaje de la clase política y sindical a los bancos, antes soporte de industrias y trabajadores que de pronto pasaban a especializarse en el negocio que les correspondía, << según enseñanza de los economistas ultra liberales recién paridos en universidades norteamericanas y escuelas de negocios españolas>>, y el único negocio que un banco puede y debe hacer ,decían, es absorber el ahorro de los tontos impositores, multiplicarlo por diez en sus falsos balances de Activos inexistentes y Pasivos con vocación de disolución a corto plazo, prestarlo a intereses de mercado que aseguraban y aseguran siniestras firmas auditoras, generan beneficios de miles de millones de euros. Todo pura palabrería, apunte contable, del que los gestores extraen el porcentaje que les hace cada vez más ricos y que curiosamente, éste sí, es real y corresponde con exactitud a los salarios que antes ganaban los que ahora son despedidos, a los inmuebles que se expropian, a las inversiones en <<instrumentos financieros sofisticados e incomprensibles, “preferentes”, por ejemplo>>, que se han encargado de colocar a los incautos que se creen los mensajes de los directores de la entidad con los que, cuentan a quien quiere escucharles, les une una gran amistad y confianza.

Pero el resultado de semejantes maniobras está bien a la vista. Si el Santander, el BBVA y similares, ejemplos de desarrollo y buena gestión de esto que llamamos la marca España, han pasado de ser bancos de andar por casa a convertirse en entidades de tamaño crucero, asombro de los océanos financieros mundiales, ha sido precisamente porque de la previa demolición y venta a precios de risa de la economía española se han quedado con la mejor parte, la parte del pirata. Para que el Santander y el BBVA sean lo que ahora son, han tenido que desaparecer diez, veinte, quién sabe cuántas entidades que antes eran solventes. Han tenido que destruirse miles de empresas industriales, desmanteladas, embaladas y trasladadas a otros países con las bendiciones de partidos políticos y sindicatos. No hay duda posible, Botín, González y otros como ellos, han triunfado a cambio de la ruina de España.

Y al frente de las Cajas de Ahorro, otrora entidades respetables, se colocaron ejecutivos sin escrúpulos , políticos y sindicalistas que si antes de ser promovidos a las élites sociales de este país tuvieron algún principio moral, lo perdieron de inmediato.

Y luego, diecisiete tinglados autonómicos. ¿Alguien cree de verdad que para gestionar este pobre país de escasa extensión, exigua población y sin recursos propios, se necesita semejante entramado administrativo?

Los hechos diferenciales, los sentimientos profundos de los que se sienten tan diferentes que nunca acaban de irse, de independizarse de una puñetera vez, pues seamos serios, su diferencia, su sentimiento necesita de la presencia del término de comparación. Sin españoles alrededor a los que despreciar, el catalán y el vasco quedan reducidos a la condición de simples ciudadanos como los demás. Y los mismos españoles son también culpables. Han perdido su dignidad y se entregan alegremente a la mofa de quienes les desprecian. Todavía resuenan las risas del bochornoso auto de fe a que se sometió el impagable Pepe Rubianes. En términos marxistas el ciudadano español debería tomar conciencia de clase, de clase de segunda, despreciada, reprimida, postergada y desde esa conciencia de dignidad perdida, rebelarse contra el país que les prohíbe hablar su propio idioma. Descuiden todos, no lo harán. Como el resto de los habitantes de esta pobre nación, sólo les importa la apariencia, la ubicación en el miserable entramado social que sólo entiende de unifamiliares, pistas de tenis, clubs de golf y viajes de fin de semana.

Estos artificiales estaditos, dentro del estado,requieren gobiernos propios, idiomas propios, cuerpos policiales propios, televisiones propias. Follón monumental de competencias que se traduce en parlamentos, congresos, senados, tribunales , embajadas, defensores del pueblo, audiencias nacionales, tribunal constitucional, periódicos subvencionados. Todo este impresionante edificio administrativo necesita a su vez de millones de funcionarios, de trabajadores públicos con estatus especial que impide su despido, por contraposición con los miserables empleados por cuenta ajena, antes mileuristas, ahora parados en busca de convertirse en semimileuristas, o sea, con salario mensual de chino esclavizado en su país, única manera de competir, sonríen nuestros avezados economistas, en el mercado global que se ha constituido. ¿De dónde sacar el dinero para mantener tal dislate? Nuestro alegre ministro de Hacienda lo sabe bien. LLevan tres años exprimiendo lo poco que les quedaba a los humildes, los únicos que pagan, ciudadanos de este país. Y ante este escándalo de injusticia, ¿qué hace el poder establecido? Sean unos u otros, la estrategia es la misma:

Que la masa amorfa, cretina, estúpida que conforma la mayoría aplastante de este país se entretenga en debates televisivos que no soportaría ni el menos evolucionado de los primates. En partidos de fútbol , fichajes, contrafichajes, insultos, acusaciones. Que esa masa de mirones sin criterio, siga pasmada los reallitys y las trifulcas de los habitantes de gran hermano, de master chef, mientras babean mirando las piernas cinceladas de las cotorras, los peinados y barbas recortadas de los chismosos de siempre, ahora reconvertidos en periodistas del mundo rosa, <<grandes profesionales, así se definen a sí mismos>>, del insulto y de la zafiedad más bochornosa. Que a esa masa aborregada se le suministre también la ración necesaria de autocomplacencia para mantener el cretinismo de los hechos diferenciales, (qué importante soy porque me apellido así y no Pérez que corresponde a maquetos y charnegos corrientes y despreciables), de razas milenarias sobrevivientes, de idiomas prehistóricos que curiosamente, una vez tamizados por lingüistas contemporáneos, se han convertido en las más modernas y artificiales de las lenguas.

Todo es mentira, todo es inmoral, hipócrita. No tenemos políticos, artistas, deportistas, corruptos. Es el mismo sistema el que está corrompido. Vivimos en una charca cenagosa, maloliente, de aguas envenenadas en la que habitamos sapos, ranas, serpientes, cocodrilos, fauna de la peor especie a la que pertenecemos todos nosotros sin distinción. La corrupción lo impregna todo porque el sistema, el régimen del 78 es corrupción. No hemos robado porque no hemos podido, porque no hemos tenido la oportunidad. Y ahora, en el colmo de la hipocresía, el régimen suelta a sus perros de presa, a los <<juez Dredd>>, en busca de unos cuantos de los habitantes de la charca infecta para destruirlos, llevarlos a juicios interminables, mostrarlos al resto de fauna cenagosa, esposados, humillados, con la cantinela de acompañamiento, no menos insoportable, por haberse oído millones de veces. <<No todos los políticos son corruptos>>. No sólo los políticos, todos los habitantes del cenagal somos corruptos, porque el sistema en el que vivimos, las aguas a las que nos hemos acostumbrados son ponzoñosas.

Descanse en paz la mujer que ha decidido poner fin a su vida, una de nosotros.

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