REVOLUCIÓN MARXISTA DE TERCERA GENERACIÓN EN CLAVE DE IRRESPETO

Editorial AmaranteMUJER DEL CUADRO PORTADA 001 OTAEGUI
Es asombroso lo que está ocurriendo en todo el occidente, antes cristiano y ahora perdido en los devaneos de lo que algunos llaman NOM y en los cultos mistéricos que retornan desde la noche de los tiempos más salvajes. Es preciso entender, tener una idea sobre lo que nos está pasando. Este artículo expone una tesis, una teoría acerca del mal que nos está destruyendo como cultura, como naciones y como simples ciudadanos.
¿Qué significado tiene la masiva inmigración ilegal? ¿Por qué se organizan y quién lo hace, esos terroríficos viajes en patera? ¿Quién los financia, quiénes botan las naves nodriza y dónde las amarran para luego lanzar incesantemente al mar la carga de seres humanos de aluvión?
¿Por qué ser mujer o gay, o pertenecer a una minoría cultural, es hoy importante para conseguir puestos directivos en partidos políticos, incluso en empresas privadas? ¿Qué significado último se esconde tras el sistema de discriminación positiva de género?
¿Por qué se produce una macromanifestación de apoyo e identificación con la revista Charlie Hebdo y nadie mueve un solo pelo para llamar la atención acerca del genocidio que se está produciendo contra los cristianos en el continente africano?
La clave está en el irrespeto. De acuerdo, es un palabro. Yo lo recupero de una lectura que hice hace unos dos o tres años. Uno de esos PDFs que, sin saber muy bien cómo, acabas descargando de internet. Desgraciadamente he perdido el archivo y lo que ahora cuento es en parte recuerdo de lo que leí, y en parte ideas propias que esa lectura me ha ido sugiriendo a lo largo del tiempo, estupefacto ante el derrotero que están tomando los acontecimientos.


El asunto comienza, al menos para lo que ahora nos interesa, cuando cae el muro de Berlín y se derrumba la Unión Soviética. El alborozo en occidente fue general. Un amenazante imperio militar se hundía y con el cataclismo parecía que se enterraban también las ideas sobre las que se había forjado. Un filósofo norteamericano de apellido japonés, Fukuyama, proclamó el final de la historia. «Esto se ha acabado», vino a decir. Los Estados Unidos y la ideología liberal sobre la que había edificado su poder económico y militar habían triunfado definitivamente.
Era un espejismo. El marxismo estaba bien asentado, había echado profundas raíces, sobre todo en occidente. Los intelectuales marxistas, no eran, ni son, rusos o chinos. La inteligencia marxista más vigorosa tiene sello estadounidense. En la vieja Europa, por el contrario, nuestras preclaras inteligencias revolucionarias, viven, esperan las consignas, los lemas que provienen del otro lado del Atlántico.
En un primer momento, también ellos, los marxistas norteamericanos, se sorprendieron. Era un axioma, el imperio soviético no podía derrumbarse, estaba destinado a durar eternamente, lo ocurrido era impensable. Los intelectuales promarxistas occidentales así lo habían anunciado reiteradamente, era imposible que el marxismo colapsara en la Unión Soviética.
Pero pronto reorientaron las velas. Visto en perspectiva, el colapso soviético fue providencial para la intelectualidad marxista estadounidense hasta entonces ocupada en defender, vadear, apagar fuegos anticomunistas que surgían por doquier. Era tan insoportable, tan indefendible la evidencia de un régimen salvaje, ineficaz, incapaz de de conseguir un mínimo de vida decente y de respeto por la dignidad humana de sus ciudadanos, todos aplastados bajo la policía política y la religión de lo material, que los ataques a la Unión Soviética y a sus satélites requerían una defensa constante y vigorosa de tal forma que agotaba cualquier iniciativa que no fuera resistir al precio que fuera.
Un solo ejemplo, La Cuba cercana y sus miles de balseros, ponían contra las cuerdas a los sofisticados defensores del sistema del eterno Castro. La isla no era un paraíso, era simplemente una cárcel de la que todo el mundo quería escapar.
Bueno, el optimismo marxista no tiene fin, derribado el muro, puesto en evidencia el atroz sistema de esclavitud humana que había supuesto el comunismo, sólo había que insistir en la estrategia que a lo largo del tiempo había permitido subsistir a semejante sistema de pensamiento.
El intelectual marxista, el militante de base, el simpatizante debe decir:
«El marxismo ha sido mal interpretado por, sucesivamente: a) El leninismo, b) El estalinismo, c) El maoísmo, d) El castrismo…..y aquí pueden seguir añadiéndose cuantos ismos se quieran o se sucedan a lo largo del tiempo».
Sean cuales sean las variantes en que el marxismo se convierte en sistema de obligada obediencia, está garantizado el fracaso, pero siempre, por principio, será debido a una incorrecta interpretación con lo que la próxima y equivocada aplicación del sistema, estará justificada. Así, por los siglos de los siglos, amén.

Y es que el comunismo, nunca fue derrotado. Destruir una ideología tan perversa como el nazismo, requirió triturar absolutamente a la nación y al poderosísimo ejército que sostenían la ideología y que se habían expandido por toda Europa. Hoy, el nazismo no existe porque la Alemania nazi y su ejército fueron absolutamente reducidos a cenizas. El comunismo, por el contrario, resultó vencedor en la segunda guerra mundial junto con el otro aliado de circunstancias, el liberalismo norteamericano. Las derrotas de Vietnam y de Afganistán, para unos y otros, significaron pequeñas batallas perdidas, nunca un descalabro que pusiera seriamente en peligro sus ejércitos. Lo mismo puede decirse de la caída del muro. El ejército soviético no fue derrotado.
Y curiosamente, la caída del muro, produjo, de nuevo, al igual que durante la segunda guerra mundial, una singular conjunción de intereses entre comunistas y ultraliberales. El mundo se hizo más grande, la oportunidad de negocio que nuestros avispados economistas vislumbraron de inmediato, requería una  consigna, un par de imaginativos «palabros» para uso y disfrute de los nuevos amos del mundo, «mundialización», «globalización». Dicho de otra forma, libertad de traslado de toda la capacidad productiva occidental a Asia, dejando a los trabajadores europeos y norteamericanos en el paro, y consecuente acumulación de increíbles beneficios para los gestores de semejante traición a sus propios compatriotas. Todo ello ante las narices y con las bendiciones de gobiernos y comentaristas asentados en periódicos, radio y televisión, unos y otros encantados con el nuevo rumbo económico, sin poder evitar beatificas sonrisas de felicidad ante la imparable subida de la bolsa.
¿Y qué pinta el nuevo comunismo del «irrespeto» en todo ésto? Era evidente para los apologistas marxistas que no podía seguir reivindicando la revolución pendiente amparándose en las viejas estrategias. Las masas trabajadoras occidentales ya no existían, lo que quedaba de ellas había sido reducido a escombros por el terror a la pérdida del trabajo, del salario mensual. ¿Entonces qué? La última y victoriosa andanada del liberalismo norteamericano la había propinado el presidente Reagan, un hombre de principios cristianos. Utilizó una  frase de película para definir a la Unión Soviética y sus satélites «El Imperio del Mal», y defendió el derecho a la vida ante las primeras arremetidas serias de los proabortistas con una sentencia demoledora, «observo que todos los partidarios del aborto ya han nacido». Pero, de pronto, ocurrió lo impensable, apareció el SIDA, miles de homosexuales estaban infectándose y muchos de ellos morirían en un corto espacio de tiempo. Se identificó el virus y la conclusión pareció evidente, SIDA y homosexualismo estaban íntimamente relacionados. Los gays se movilizaron de inmediato y pusieron de manifiesto el inmenso poder que habían ido acumulando a lo largo del tiempo. La enfermedad no sólo les afectaba a ellos, sino que también se transmitía a través de relaciones heterosexuales y el uso compartido de jeringuillas por parte de heroinómanos. En poco tiempo los laboratorios más avanzados del mundo consiguieron tratamientos que han sometido a la enfermedad.

Es probable que fuera entonces, en plena era Reagan, el campeón del anticomunismo, el vencedor de la guerra fría, cuando el marxismo norteamericano reconduce su estrategia y decide utilizar los grupos minoritarios, discriminados hasta entonces por alguna u otra razón y ponerlos a trabajar en su beneficio. La argumentación de la nueva estrategia consistía, según el artículo al que me refiero, en algo parecido a esto:
«Es evidente que a pesar de la caída de la Unión Soviética, en el occidente que se ve a sí mismo como triunfador en esta contienda, persisten focos de desigualdad que deben ser aprovechados para denunciar las auténticas contradicciones del sistema. Estos focos están constituidos por grupos de personas (irrespetados), preteridos por razones de sexo, raza, religión, orientación sexual, situación económica, o pertenencia a países explotados por las ricas naciones occidentales. Gays, negros norteamericanos (a partir de ese momento se acuña el término afroamericano como muestra de respeto frente al irrespeto anterior), mujeres, minorías culturales y cualquier otro grupo que por lo que fuera pudiese considerarse ofendido por algo, pasan a formar las fuerzas de choque de la nueva arremetida marxista».
Naturalmente, dentro de las poblaciones a proteger y favorecer no entraban los anteriormente beneficiados, es decir, del nuevo sistema de jerarquías a respetar quedaba excluido el anglosajón blanco, rubio, padre de familia, clase media con ingresos importantes, en definitiva el norteamericano tipo quedaba condenado a ser el (alguien tiene que cargar con la pecado) culpable.
Ahora cualquiera puede observar en las series policíacas norteamericanas, técnicamente extraordinarias, una evolución en sus planteamientos para recientemente reincidir en casi todos los capítulos en un curioso esquema argumental.
Por ejemplo, «Ley y Orden», al principio dos policías blancos, un fiscal blanco eran los actores principales, con el tiempo, el protagonismo ha ido cambiando de color y de sexo, ahora la pareja la forman un policía afroamericano o femenino y un, entregado a la causa, poli blanco, mera comparsa,también la fiscal, casi todas las jueces son mujeres de color y respecto a las investigaciones, la reiterada estrategia de los episodios es la siguiente. Aparece la víctima, generalmente mujer joven, guapa, vilmente violada y luego asesinada. Indignación de la fiscal que jura que el culpable lo pagará. Los sospechosos iniciales suelen ser drogadictos de color, o inmigrantes que se ven obligados a malvivir por la injusta sociedad occidental del despilfarro y el odio a lo diferente, pero todos deben descartarse por la abrumadora fuerza de las pruebas que se encuentran, para finalmente, después de una terrible y obstaculizada por los poderes establecidos, labor de investigación, detener al culpable.
Este tipo al que antes aludíamos, es blanco, de mediana edad, aparente y bonachón padre de familia, empresario de éxito, corrupto, por supuesto, que esconde una doble vida, pega a su mujer y a sus hijos y acaba matando a su amante a la que ha engañado con promesas de matrimonio, hasta que ésta, harta de falsas esperanzas, amenaza con contarle la aventura a la legítima. Llega la justiciera brigada multicultural, multisexual, multiétnica, multirreligiosa, todos llenos de santa indignación hasta el palacio del infame y delante de su llorosa mujer y de sus cariacontecidos hijos detienen al malvado. La América de siempre, la de las películas del oeste, la de los heroicos GI de la gran guerra, la del empresario de éxito, es culpable.
Este es un mensaje nada subliminal que repiten a coro todas las series norteamericanas y sus imitadores europeos.
No puedo resistirme a introducir aquí el comentario que uno de los protagonistas de Mentes Criminales, presunto erudito, hizo acerca del famoso Halloween. «Es una celebración de origen cristiano».
Si nos fijamos, en el nuevo sistema de propaganda comunista, la palabra marxista, no aparece por ningún lado. Queda disuelta, sobreentendida, pero ninguno de sus partidarios la pronuncia. Es evidente que el llamado Chavismo venezolano, es marxismo puro, que Podemos, el partido revelación español, es marxismo puro, pero la palabra no se pronuncia. El vocablo queda convenientemente revuelto en un término anodino que parece no significar nada, pero que lo impregna todo, «progresismo».
El marxismo, sin embargo, está detrás de toda esta moderna revolución que ya ha echado raíces en los medios de comunicación. Para los efectos, los medios son los modernos sistemas de adoctrinamiento, los púlpitos desde los que los sermoneadores de la nueva religión marxista administran el sacramento de lo correctamente político.
Los que ahora mandan, los que deben protegerse favorecerse, son los antes maltratados. Mujeres sobre todo. El feminismo es en este momento una fuerza impresionante en todos los estamentos de la sociedad. Es probable que las dificultades de Rajoy en el gobierno español se estén debiendo a las maniobras que las mujeres, cada vez mejor situadas en el esquema de control partidario, están realizando para descabalgar a un líder y a un sistema que hasta ahora las ha utilizado sólo para cumplir con el nuevo mandato marxista de cuotas femeninas en los órganos de dirección.
Los gays, antes ocultos en el armario, salen ahora por centenares y se confiesan con el orgullo de poder mostrarse tal como son, sin necesidad de disimulo. Los extranjeros de religión musulmana, o simplemente africanos, son invitados al asalto a la valla, al desembarco masivo en Italia en España y quienes los animan son italianos y españoles, organizaciones que tienen muy clara su misión y que reciben subvenciones de los presupuestos para su supuesta labor de integración de la población extranjera.
Nadie puede decir nada contra esta ideología, porque desprende altruismo, justicia, piedad, amor por los desfavorecidos. Si alguien se opone, manifiesta una idea contraria, es de inmediato calificado como fascista, racista, nazi, y queda señalado con la cruz de los apestados sociales. El sistema ideológico que se vale de la falsa preocupación por los grupos humanos, antes maltratados, es, como es lógico, inatacable. Cabe preguntarse entonces si todas las mujeres son marxistas, si lo son todos los gays, o todos los inmigrantes, pero eso es irrelevante. A muchas mujeres, el nuevo sistema les propone ventajas que no se les escapan. No sólo en los partidos de izquierdas, sino también en los de derechas que han asumido el nuevo sistema de coordenadas de pensamiento correcto. Además, el supuesto feminismo defiende a las mujeres de izquierdas, no a las de derechas. De hecho, el más grosero de los machistas puede arremeter sin temor a la reprobación social contra mujeres, siempre que éstas militen de partidos conservadores.
Junto a la utilización como vanguardia revolucionaria de estos grupos humanos el nuevo orden marxista parece haber establecido alguna alianza con la masonería o algún sector de la misma que profesa una especie de religión encubierta que entronca con las antiguas, pero persistentes ideas gnósticas. Hay un Dios creador todopoderoso, pero tan lejano a nosotros que ni siquiera conoce nuestra existencia, a pesar de que nuestra alma, nuestro más espiritual interior es parte de Él. Siendo tan lejano, sin su conocimiento, un dios menor, un demiurgo ha creado un mundo malvado y material en el que nos ha encadenado y al que alimentamos y sostenemos con la mala costumbre de procrear una y otra vez. Desde este punto de vista gnóstico, la vida humana es mala en sí misma, destruye el planeta, la armonía entre las especies animales y vegetales, la naturaleza en suma y conviene que desaparezca para que finalmente nuestro espíritu pueda disolverse en el Dios creador y lejano. Qué mejor que favorecer el aborto y la eutanasia. Y en ello están. El marxismo ha utilizado en el pasado el aborto como sistema de control poblacional. En el caso de la China maoísta, sólo se permitían un hijo por pareja durante muchos años para reducir la superpoblación del país, por lo que en este caso el sistema comunista y las elucubraciones masónicas coinciden, al menos en parte, en el beneficio que es esperable del control poblacional.
Pero a partir de estas premisas entramos en terreno pantanoso. El feminismo triunfa, pero sólo en lo que podemos denominar cultura occidental y lo curioso es que el más feroz feminismo se arruga ante el machismo arcaico que demuestran nuestros nuevos compatriotas venidos, (traídos), del otro lado del estrecho. El homosexualismo tan aguerrido el Día del Orgullo Gay, o en las macromanifestaciones por el SIDA, no dice ni media palabra respecto a la costumbre islámica de despeñar gays por el sólo hecho de serlo. Feminismo, movimiento gay, minorías raciales, se manifiestan, atacan, avasallan, sólo a lo que podemos denominar cultura occidental, y sobre todo al cristianismo. Es como si dijeran: «Lo que está permitido en otras culturas, por haber sido irrespetadas, no lo está en el occidente cristiano, precisamente por no haber respetado otros puntos de vista diferentes de los nuestros».

A este respecto, en los avanzadísimos sistemas nórdicos se están proponiendo por parte de congresistas feministas obligaciones a los varones que parecen increíbles, pero que son ciertas. Entre las más sugerentes, la obligación de orinar sentados como las mujeres. No es una broma, es una realidad. Es posible que lo consigan, al menos con el maleable hombre blanco que ya está convenientemente macerado. Lo seguro es que nunca lo intentarán con los hijos de Alá.

Entonces ¿qué sentido tiene la nueva ideología, en la que el feminismo que es uno entre otros de los grupos de asalto sólo ataca a occidente y a su cultura?
El artículo al que me refiero y en el que baso toda esta exposición lo explicaba con claridad.
Es evidente, decía, que la aplicación de esta estrategia de favorecimiento de grupos minoritarios o anteriormente irrespetados, presenta notables contradicciones con el sistema revolucionario marxista. El marxismo, es sabido, hace la revolución para conseguir la igualdad absoluta entre todos los seres humanos. Si beneficiamos a unos grupos, por muy discriminados que hayan estado, a base de subvenciones y de leyes que exijan representaciones paritarias en gobiernos o consejos de empresas, es evidente que estamos promoviendo en última instancia la desigualdad y proporcionando argumentos a quienes aborrecen el marxismo, sin embargo, esta estrategia presenta una notable ventaja. En primer lugar, como se ha dicho antes, la palabra marxista, desaparece, se disuelve en la retórica de la denominada «discriminación positiva». Así, ninguna feminista dirá que es marxista, quizá no lo sea, pero aprovechará la situación. Ningún presentador de televisión o periodista afecto al marxismo, dirá nunca que lo es, sólo aludirá a la injusticia del hambre que obliga a los africanos a arriesgarse al viaje de la patera semanal, a la injusta distribución de la riqueza, al paro creciente en nuestra sociedad. El gay, que no tiene por qué comulgar con el marxismo, aprovechará como la mujer, la situación favorable que el nuevo sistema de pensamiento representa y admitirá  junto con la idea de igualdad y del amor a la humanidad, la necesidad del aborto, de la eutanasia, de los gobiernos de izquierdas y paritarios a pesar de que algunos ministros y ministras sean casi analfabetos funcionales, porque todo se vende en el mismo lote. En definitiva, ¿cómo puede el nuevo marxismo crear una sociedad sin desigualdades fomentando tanta desigualdad?
Y aquí la sorprendente respuesta que el autor o autora de la tesis proponía.
Estas desigualdades tan contrarias a los principios marxistas, deben tolerarse y fomentarse, pero sólo por un tiempo. La estrategia lo requiere. Porque en el fondo lo que estas estrategias van a hacer es dividir, enfrentar, llevar al colapso a la sociedad occidental, la van a destruir hasta los cimientos, y cuando eso ocurra, el marxismo podrá tomar las riendas y reconstruir desde los escombros un nuevo mundo de igualdad absoluta, sin hombres ni mujeres, sin ricos, ni pobres. Eso es, pues, el Nuevo Orden Mundial. No hay una conspiración extraterrestre, ni reuniones ultrasecretas de grupos misteriosos. Todo está haciendo a la vista y con el consentimiento de todos.
Pero sobre todo, con la colaboración eficacísima del llamado ultraliberalismo occidental. Ya lo ha hecho, pero conviene recordarlo. Ha arruinado a los países occidentales, sobre todo a los más débiles. Han saqueado Grecia, España, Italia. Han vendido nuestra industria, nuestro futuro y el de nuestros hijos a cambio de la comisión correspondiente. España es un país completamente arruinado que sólo se sostiene a base de préstamos para pagar los préstamos anteriores. En el nuevo sistema que se avecina España tiene un papel preponderante. No debemos olvidar que el preludio de la Seguna Guerra se escribió en este pobre país.
También debemos tener en cuenta que todas estas estrategias ideológicas fueron ensayadas con notable éxito por el gobierno Zapatero. Feminismo igualitario, promoción de gays, educación para la ciudadanía, acuerdo con el terrorismo, políticas de acogimiento y llamada a la inmigración descontrolada. Todo se ha ensayado en España. Sólo queda certificar su absoluta demolición como estado. Atentos a las próximas elecciones.

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