Shutter island.

Editorial Amarante

Shutter island; isla siniestra. Una novela de  Denis Lehane en la que se basó la película del mismo título de Martin Scorsese y que protagonizó Leonardo di Caprio.

Como todo el mundo habrá leído la novela o al menos visto la película, no creo que desvelar la trama e incluso el desenlace disuada a nadie de ir al cine o alquilar la película, mucho menos  de leer la novela.

Edward Daniels es un agente del FBI que en compañía de Chuk Aule son enviados a una isla sobre la que se edificaron construcciones militares, ahora, en el momento en que se desarrolla la historia, sobre los años cincuenta, dedicadas a tratamiento psiquiátrico.

Los internos son esquizofrénicos peligrosos que necesitan un cuidado especial y están a cargo de personal sanitario y abundante presencia de agentes de seguridad. De hecho en la isla, los encargados de tratamiento y vigilancia superan por gran diferencia a los enfermos. El número total de internos es de sesenta y siete, dato éste que tiene gran importancia en el desarrollo del argumento. Ha desaparecido una interna, Rachel Solando, y la misión de Teddy y su compañero es encontrarla.

Desde el comienzo de la novela se va creando un ambiente extraño. Los agentes están aislados del mundo exterior y su presunta autoridad policial se ve una y otra vez cuestionada ante el eficaz sistema de control que gobierna la isla. En  búsqueda de la mujer, Teddy va adentrándose en un mundo cada vez más agobiante  y cerrado que resulta por momentos incomprensible. Él es un antiguo soldado de la segunda guerra mundial, curtido y al mismo tiempo perturbado por las experiencias militares, entre las que destaca, según cuenta, su estancia junto con otras tropas norteamericanas en Dachau. La visión de lo que allí había estado ocurriendo desata entre los soldados americanos un furor interior que les lleva a asesinar fríamente a cuatrocientos soldados nazis a cargo del campo que ya se habían rendido.

Los recuerdos de la guerra, el ambiente hostil de la isla, el curioso comportamiento del director del centro que ha requerido su presencia, llevan a Teddy a un estado de enfermedad psíquica con terribles migrañas que requieren el uso de pastillas para poder soportarlas.

Finalmente, pues todos los lectores conocen la trama y no es necesario desmenuzarla al detalle, Teddy es puesto por John Cawley, el director   y su propio compañero, Chuk que en realidad es el psiquiatra que le trata habitualmente, ante la dura realidad. Todo ha sido un montaje, una obra de teatro para intentar recuperarle, para salvarle de su propia fantasía. Él es un hombre extraordinariamente violento, la mujer a la que busca en la isla es su propia mujer,  muerta después de que asesinara a  sus tres hijos. Teddy no es Teddy, es en realidad Laeddis, al que él cree el causante del incendio en el que murieron  sus hijos y su esposa, al que busca en la isla para matarle y vengarse, Toda su fantástica construcción mental en busca de Laeddis y de oscuras conspiraciones en la isla para experimentar con locos furiosos a quienes nadie va a reclamar, son sólo eso, fantasías. Laeddis ha construido otra persona en su propio cerebro, un agente en busca de la verdad, alguien inocente que se resiste a reconocer que en el pasado, abotargado por su dependencia del alcohol, no hizo caso de las advertencias acerca de la gravísima enfermedad depresiva que padecía su mujer y que le llevó a matar a sus propios hijos. Laeddis huye de sí mismo, de la terrible verdad. El sentido de la obra de teatro en que han colaborado sus dos únicos amigos en la isla, Cawley y el también doctor Sheehan que es Chuk su compañero policía, es salvarle del terrible destino que aguarda a los enfermos más violentos e irrecuperables de Shutter island, la lobotomía transorbital (sobre este procedimiento, el que tenga estómago, puede poner esta referencia en el buscador de internet, tomarse un par de aspirinas y luego recrearse en estas barbaridades médicas) a la que recurren los otros psiquiatras que siempre han cuestionado los métodos demasiado avanzados y compasivos  del doctor Cawley.

Bien, esta sería la lectura más evidente de la historia. Novela negra de las que una vez que se empiezan es imposible dejar de leer. Sin embargo, lo que me interesa aquí es otra interpretación, no una crítica literaria ni mucho menos, sino una visión distinta, si se quiere poco convencional, incluso atrevida de lo que Shutter island nos cuenta.

Y ya que estamos en el mundo de los psiquiatras y de la mente, recurriremos a Sigmund Freud. Es cierto que en este momento tanto el doctor Freud y su sistema de terapia conocido como psicoanálisis están  muy cuestionados, pero en su obra “La interpretación de los sueños”, Freud habla del contenido, del material que soñamos, que recordamos. Según él, el sueño que es una construcción de nuestro cerebro caótica  y en muchos casos incomprensible, tiene un significado y para comprenderlo hay que estructurar el material del sueño, es decir, el terapeuta debe interpretar, darle sentido. Lo que soñamos es el contenido manifiesto, lo que significa ese sueño está oculto, reprimido y es el contenido latente. El sueño nos revela nuestro más profundo e inquietante yo que, en aras de poder soportarlo, se nos manifiesta en un código absolutamente incomprensible. Freud relacionaba este contenido latente con la pulsión sexual fuertemente reprimida en su tiempo. Así la visión de una mujer con los labios extraordinariamente rojos y deformados, significaría para el que sueña el deseo de poseer de penetrar en la vulva que se esconde tras el rostro desfigurado que la recuerda de una manera grotesca. El sueño deforma lo que el soñador desea porque no puede admitirlo sin chocar con la represión sexual propia de la época.

En Shutter island,  Teddy es el contenido manifiesto de un ser latente que subyace en su interior, un monstruo violento e irrecuperable que por su obstinación en no reconocerse como tal va a ser sometido a una completa anulación de sí mismo.

Bien, pero podemos analizar la historia desde otro punto de vista. ¿Quién soy yo? ¿Qué hago aquí? La pregunta que nos atormenta desde que tenemos conciencia de nosotros mismos. ¿Soy Daniels o Laeddis? Yo estoy convencido de ser Daniels y  otros, por el contrario, afirman que soy Laeddis. El mundo que habita en mi mente, la historia que recuerdo no concuerda con la que me cuentan mis terapeutas. ¿Y si quieren engañarme?

Finalmente Daniels opta por ser Daniels y paga la desobediencia.

Y en la vida real, ¿quién soy yo? Mi nombre concuerda con el que manejan quienes me conocen, mi historia personal, la que recuerdo, también concuerda en líneas generales con la que recuerdan acerca de mí quienes comparten mi estancia en este mundo. En definitiva soy lo que yo creo que soy de acuerdo con lo que mi entorno también dice que soy. Pero, ¿y si mi identidad sólo fuera aparente?, una construcción, un muñeco de plastilina modelado en los primeros años de vida por quienes más cerca están de mí. Mis padres, mi entorno cercano, el pueblo, la nación, el idioma en que uno aprende y en el que piensa. Todo reunido en los primeros años para modelar al indefenso muñeco que luego, no mucho más tarde, acaba convirtiéndose en una estatua de bronce absolutamente refractaria a cualquier intento de cambio. ¿Por qué no dejan a Daniels seguir siendo Daniels?, en realidad tiene la misma sustancia, el mismo fundamento que Laeddis. Incluso es posible que, a pesar de todo, sea Daniels y sea finalmente víctima de lo que denuncia, una conspiración, un centro de experimentación con seres humanos, a cuyo frente han puesto a un reconocido psiquiatra nazi. Nuestra tranquilidad requiere que Daniels no lo sea, pero en toda la historia que cuenta Shutter island no hay una sola prueba sólida que confirme la historia que cuentan a Daniels. Ellos han conformado la personalidad de Laeddis. Ellos ¿quiénes?, nos dicen quiénes somos y cómo hemos de comportarnos, nos ponen nombres, nos adjudican habilidades y  personalidades, todos en conjunto nos moldean, nos describen, nos catalogan.

Y si a alguno se le ocurre crearse a sí mismo, inventar una nueva personalidad tan respetable y creíble como la que hemos relatado, no se lo permiten, no hay salida, el sistema es implacable. Tiene sus guardianes mentales, los terapeutas que traen a los rebeldes de nuevo al camino adecuado y si no lo consiguen, ahí está la última valla, las fuerzas del pensamiento correcto, del comportamiento aceptado, la policía de Shutter island.

Y ahora que lo pienso ¿quién  ha escrito esto?

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