PELÍCULAS PARA RECORDAR

Editorial Amarante

 

 

 

PELÍCULAS PARA RECORDAR.

 

Antes de listar algunas de las películas que más me han gustado, haré un breve comentario acerca del cine que, cada vez más, será por la edad, me resulta absolutamente indigerible.

¿Cuándo se jodió el cine? Sobre esta cuestión, cada uno tiene sus propias ideas, pero creo que hay un momento, una película, o tal vez dos o tres que abandonan el camino correcto y se internan en el actual berenjenal de superhéroes, cachivaches electrónicos, monigotes, personajes de comic, y sobre todo y por encima de todo, efectos especiales.

Dos causantes. Steven Spielberg y George Lucas. Recordemos, don Steven inaugura la era de los cinemuñecos con una buena historia, Tiburón. El protagonista es, no un actor o una actriz, sino un trasto mecánico que ya en la primera película y en algunas escenas, canta por alguna que otra costura plástica. La película no es mala, todo hay que decirlo, está muy conseguido el clima de miedo subterráneo que se extiende por Amity y desde entonces uno no ha conseguido bañarse con tranquilidad en ninguna playa, pero después de Tiburón, vino Tiburón dos y tres y cuatro, y fue bajando el nivel, hasta acabar en auténticas películas de serie B, con monstruos de todo tipo que, al parecer siguen siendo rentables.

Y a continuación de semejante y exitosa irrupción en el mundo del cine con Tiburón, el bueno de Steven nos regaló con algunas de las películas más taquilleras de la historia. «En busca del arca perdida», entretenida, cine de lo que antes era tarde de domingo para chiquillería, y luego, «el Santo Grial» y «la Calavera de Cristal» y demás. También «Encuentros en la tercera fase», que promete mucho, como los programas de Iker Jiménez, pero que finalmente no lleva a nada, con parafernalia lumínica y música hipnótica para atarnos al sillón y cebarnos con toneladas de palomitas. Y luego, la, para mí, y espero que  algún lector  entusiasta de esta película o muchos tal vez, perdonen mi atrevimiento,  insufrible E.T. Muñeco de plástico feo hasta lo insoportable y una historia boba y lacrimógena que, sinceramente, es mi opinión, no hay por dónde cogerla.

El bueno de Steven, a quien apodaban el rey Midas de Hollywod, quería reconocimiento además de éxito económico y entonces se le ocurrió la historia de Schindler (un alemán, mujeriego, inmoral, miembro del partido nazi y bueno. Toda una contradicción en sus propios términos) y sus obreros listados. Por cierto, a rebufo de este salvador de judíos han  aparecido y cada cierto tiempo aparece alguno más, cientos de salvadores de miles de  judíos cada uno de ellos, incluso un español, y habiendo tantos redentores, uno se pregunta cómo, a pesar de tanta bondad, los nazis acabaron llenando una y otra vez las cámaras de gas.

Y más adelante, otro drama guerrero ambientado en la Segunda Guerra Mundial. «En busca del soldado Ryan». Nótese aquí la fijación por las búsquedas y nótese también que Tom Hanks y Harrison Ford siguen el mismo esquema en sus aventuras, de una pista a la siguiente que me lleva a otra y así hasta que doy con el tesoro. No he sido capaz de ver entera la del soldado Ryan aunque supongo que como el arca o la calavera, el héroe acaba encontrándolo.  Y es que  los guiones que gasta Spielberg son leves, digeribles, sencillos, siempre aptos para niños de todas las edades. Ante todo que nadie se pierda en los vericuetos argumentales de  una película de Steven.

George Lucas, elevó el género de los trastos de cocina, a la categoría sideral. Confesó, no me lo invento yo, que una de sus naves estaba basada en una plancha. “El halcón milenario”, parece una tortilla francesa y la flota galáctica, en fin, pero bueno, tampoco vamos a extendernos, uno se lo pasa bien, siempre que no se le ocurra filosofar a cuenta de la fuerza y sus misterios. Sí tengo que decir, cueste lo que me cueste, que Yoda es una mierda.

Pero lo que no soporto, son las películas de super héroes, cine infantil apto para mamoncetes de leche maternizada y poco más, que una y otra vez los apologetas, no sé si pagados, por las productoras de estas historietas quieren hacerlas pasar por intensas reflexiones filosóficas acerca del bien y el mal, y que con ayuda de reconocidos psicólogos y comentaristas nos adentran en  los problemas anímicos a que tienen que enfrentarse estos individuos, que visto desde fuera, no dejan de ser esquizofrénicos afectados de delirios paranoicos y doble o incluso múltiple personalidad, vestidos con mallas coloreadas para acudir a bailes de disfraces.

Son, sépanlo todos, TBOs, cuentos para niños que antes se servían en fascículos con viñetas coloreadas y frases y conversaciones que un crío de ocho años podía entender fácilmente. Ahora, por el contrario, las productoras invierten colosales cantidades de  dinero en estos subproductos cinematográficos y para recuperarlos e incluso obtener pingües beneficios deben conseguir que todo el mundo acuda al cine. Ahí están para lo que sea menester, entonces, nuestras televisiones patrias, dándonos noticia en los telediarios de máxima audiencia de estos estrenos y de las sesudas opiniones que sus protagonistas, algunos son reconocidos alcohólicos que no dicen más que tonterías y obviedades, expresan en entrevistas contratadas de antemano  para promocionar estas, repito, historietas de cine sólo aptas para el  entretenimiento infantil.

Un ejemplo de propaganda es el que ya invade los periódicos digitales y de papel sobre el próximo estreno de otra, ¿cuántas van ya?, de Batman. Parece que el actor que da vida al malo está teniendo algunos problemas de comportamiento, se supone que como consecuencia de la profundidad psicológica del personaje que encarna que es, pásmense, el recurrente payaso malvado de todas las películas de esta franquicia. También nos informan de que el actor que encarnó este malvado rufián en el “Caballero Oscuro”, murió poco después, insinuando algún tenebroso poder en estas películas que atraerá cientos de miles de espectadores interesados en desvelar el oscuro secreto del murciélago nocturno,  pero para cualquiera que contemple el paisaje con cierta serenidad, sólo queda, un singular y poco ético, sistema publicitario.

Y luego, por último, el cine más insoportable, es el de los musculitos. Arnold, el gran Arnold, inauguró esta serie con una película para niños, Conan, que, insisto, está bien para que la chiquillería disfrute de una entretenida tarde de cine, pero nada más.

Y apareció casi al mismo tiempo, el ubicuo Stallone. Rocky, una historia de boxeo que no estaba mal, pero que con las secuelas acabó como el chicle removido hasta el agotamiento mandibular que acaba siendo escupido por puro hastío y repugnancia. Y la serie Rambo, ¡Dios mío!, con semejante máquina de destrucción en forma humana, ¿cómo pudieron perder la guerra de Vietnam? No sigo, es tedioso, pero esta es la realidad del cine norteamericano que triunfa. Actores marmóreos, Steven  Seagal,  Van Damme, Arnold,  ahora también aparecen hipertrofiados campeones de lucha libre, pétreas esculturas humanas, invencibles, capaces de las mayores proezas, en  historias insoportables por la propia incredulidad que provocan.

Sí, de acuerdo, el cine es así, un espectáculo de engaños y trampantojos, pero creo yo que podría haber seguido otro camino, no, desde luego, el del hiperrealismo de denuncia tipo “Ladrón  de bicicletas”. Después de ver esta película sufrí una gravísima depresión que hubo de tratarme una prestigiosa psiquiatra, sino de algo más soportable y más, cómo diría, cercano a las historias cotidianas de alegrías y tristezas que a veces se convierten en magníficas y emocionantes historias de película.

De éstas  pienso hablar en mi siguiente artículo.

 

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