SOSTRES Y EL SÍNDROME CATALÁN.

Editorial Amarante

SOSTRES Y EL SÍNDROME CATALÁN.

Según Wilkipedia Sostres estudió, pero no terminó la carrera de periodismo, a pesar de lo cual ejerce  y desde siempre ha tenido trabajo como articulista y comentarista en medios escritos y televisivos. Lo cual indica, primero: obtener un título universitario es una inversión cara y en general conduce directamente al subempleo, cuando no al paro, segundo: Sostres es rico y los ricos juegan en otra división.

A mí,  Sostres me cae bien, le tengo admiración y también  eso que se describe como «envidia sana», es decir que me gustaría tener lo que él tiene en cuanto a capacidad personal y medios económicos, pero me alegro por él, no le deseo ningún mal.

Sostres me cae bien porque dice lo que piensa y eso, en el mundo en que vivimos, es extraordinariamente raro. Por supuesto, es ofensivo, pero es más ofensivo el silencio hipócrita de quiénes nunca te dirán a la cara el profundo desprecio que sienten por ti.

Sostres, como he dicho antes, es rico. En alguno de sus artículos leí que su abuela le regaló un millón de euros para que se los gastase alegremente durante un año. Lo hizo, y en el artículo  se explayó en la profunda satisfacción que le producía haber podido fundir semejante cantidad de dinero sin preocuparse de opiniones ajenas o de futuras necesidades económicas.

Sostres es catalán y en alguna ocasión dijo que el español es lengua de pobres, idioma que sólo utilizaba para hablar con la criada. Pero como Sostres dice lo que piensa tuvo que salir corriendo de Cataluña para poder opinar y escribir sin censura, y entonces, para su desgracia, se vio y se ve todavía, obligado a hablar en el idioma de las criadas y charnegos.

Con Sostres no hay equivocación posible, si le veo en algún lugar público, le evitaré sin dudarlo porque sé que me desprecia por ser pobre.  Por el contrario, yo no, pero sí muchos, pueden caer en la tentación de acercarse a…, por ejemplo Bardem, o a Wyoming o incluso a Bertín que son, los primeros comunistas, es decir gente supuestamente del pueblo y el otro, un tipo rico también, pero más simpático y enrollado y llevarse un sofoco terrible cuando sea ignorado o despreciado al grito silencioso de «no me molestes pringado».

Sostres sostiene que existe una pirámide social en la cual unos son ricos y están arriba y otros pobres y deben arrastrarse por la base soportando el peso y otras desagradables consecuencias que se derivan de la posición en que uno se encuentra. Literalmente, los de arriba se mean en los de abajo. Bueno, pues  Sostres dice la verdad.

Sostres ha escrito una crónica deportiva sobre un partido de fútbol en el que el todopoderoso Barcelona se ha visto obligado a jugar con un equipo de una división inferior. La crónica puede leerse íntegramente con sólo pulsar lo que Wilkipedia contiene acerca de Sostres, don Salvador.

En esa crónica, Sostres arremete contra el árbitro, por su corte de pelo, contra el entrenador del equipo modesto, por su manera de vestir, contra el público, por ser pueblerinos  y además, se sobreentiende, charnegos, gente de segunda, o tercera, vamos, pobres de solemnidad, tostados por el sol implacable de las llanuras extremeñas, con pieles gruesas y profundas arrugas en el rostro. Por el contrario, Sostres y su señora, parece, viven una vida agradable de peluquerías de lujo, (la mujer seguramente), tratamientos faciales, gimnasios y masajes distribuidores de cremas para alisar celulitis, algún que otro inevitable grumo de grasa, conseguir la piel tersa, delicada, propia de las clases superiores  y acabar presentando esa imagen de eterna juventud y felicidad que sólo el dinero puede conseguir.

Sostres debe también, uno se imagina, frecuentar esos selectos restaurantes que no bajan de dos o tres estrellas MIchelín y compartir alegres sobremesas con distinguidos, como él, habitantes de los pisos superiores de la gran pirámide social en que todos nos movemos.

Pero, repito, no hay que censurar a Sostres, dice lo que piensa, lo que piensan muchos y lo que pensarían la mayoría si consiguieran, algunos lo hacen, escalar algún que otro peldaño en ese entramado de poder y ambiciones que son, sin ninguna duda, condición humana.

Y también, podemos, gracias a Sostres, saber, entender, que detrás del formidable follón catalán, debajo de la capa gruesa de supuestas controversias políticas, de faltas de respeto al hecho diferencial catalán,  sólo está la antes dicha condición humana, la necesidad de escalar aunque sólo sea una miserable posición en la pirámide  poniendo el pie sobre la cabeza del de debajo, ese sentimiento de superioridad que Sostres expresa con claridad meridiana sobre el resto de los mortales, incluyendo los catalanes pobres en un primer nivel y  los catalanes charnegos en un segundo, que es el mismo que los catalanes sienten hacia el resto de los españoles.

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