El DEPORTE EN EL SIGLO XXI

Editorial Amarante

EL DEPORTE: LO QUE VA DE AYER A HOY.

El tenis era un deporte de caballeros. Caballeros ingleses que inventaron un sistema de competición  a distancia suficiente para evitar roces desagradables.  El enemigo estaba lejos y además separado por una red, el sistema de puntuación era para un español de entonces, es decir, de cuando todavía respiraba el régimen anterior y Santana destacaba en la pista, un jeroglífico indescifrable.  Pero había educación, juego limpio, respeto absoluto y silencioso entre los jugadores, entre los jugadores y el árbitro y entre el propio público que premiaba los buenos tantos con contenidos aplausos, nunca aplaudía un punto que se conseguía de casualidad y sobre todo respetaba al jugador rival  fuera de la nacionalidad que fuera. Eran, fueron otros tiempos.

La evolución comercial del tenis puso sobre la cancha individuos como McEnroe que unía su condición de jugador genial a la de furibundo remedo de la niña del exorcista. Sólo le faltó vomitar bilis verdosa sobre algún árbitro asustado.  Aparecieron malos perdedores,  Federer, por ejemplo, que amargó un Roland- Garros a Nadal llorando a moco tendido durante toda la ceremonia de entrega de trofeos como un niño caprichoso al que los Reyes no le han traído el regalo que había pedido. Creo que semejante derrumbe emocional no se había visto nunca, ni entre las tenistas.

También degeneró el tenis femenino. Sobre los años noventa, Mónica Seles vestía una bata corta de andar por casa, peinaba una coleta de niña pizpireta y se movía sobre la cancha como una cocinera hiperactiva con la raqueta a modo de sartén incendiada a velocidad de vértigo devolviendo las bolas que le enviaban con la velocidad y la precisión de misiles teledirigidos. Era la mejor, hasta que un perturbado alemán obsesionado con Steffi Graf, decidió acabar con la rival que impedía que su oscuro objeto de deseo fuera la número uno.  Le asestó una puñalada traidora en un descanso, en pleno partido.  Sólo se salvó de acabar paralítica por la casualidad de agacharse cuando el loco le lanzaba la cuchillada. Increíble que semejante dislate ocurriera en el tenis, en el  deporte de la caballerosidad, del juego limpio, de la educación y el respeto.

Los organizadores y los tenistas se reunieron para debatir si convenía suspender el torneo, después de todo, fuera quien fuera la ganadora no lo haría con total justicia. Decidieron continuar, había mucho dinero y muchos intereses personales en juego, valga la redundancia.

Luego se discutió acerca del sistema de puntos por torneos ganados o puestos alcanzados de forma que una buena ubicación en la escala de jugadoras y jugadores significaba mayor posibilidad de ganancias en torneos y publicidad contratada. De las veinticuatro tenistas consultadas, sólo una, Gabriela Sabatini, se manifestó a favor de congelar el sistema de adjudicación de puntos hasta que Seles estuviera en condiciones de volver a jugar. De nuevo los intereses  económicos personales primaron sobre el juego limpio y el respeto a la jugadora atacada.

Hace poco, un individuo al que parece que llaman el Doctor, en una actividad deportiva que tiene por objeto llegar el primero a una meta después de un incontable número de vueltas a un circuito, deporte que por su propia esencia requiere, fomenta, vibra con  los arriesgadísimos adelantamientos a velocidad suicida y a bordo de un artefacto más inestable que una peonza, decidió que a él no le volvían a pasar, esperó con la cabeza vuelta hacia atrás y cometió lo que en términos jurídicos debe corresponder a un intento de homicidio que el código penal describe como:

El ánimo de matar que caracteriza este tipo penal no es exclusivamente el dolo específico de matar o «animus necandi», sino el dolo homicida, para el caso del homicida, el cual tiene dos modalidades de dolo, el dolo directo o de primer grado constituido por el deseo y la voluntad de dar muerte, y el «dolo eventual» que surge cuando el sujeto activo se representa como probable la eventualidad de la muerte aunque este resultado no sea el deseado, a pesar de lo cual persiste en dicha acción.

Los tres elementos que, por vía de prueba de indicios, se infiere la existencia del ánimo de matar son:

  • Medio adecuado para producir la muerte.
  • Lugar done incide el golpe
  • Intensidad del golpe.

 

Véase en negrita, lo referido al dolo eventual. Bueno, pues parece que el Doctor tiene bula, el culpable es el agredido, el cual de una forma incomprensible intentaba,  en una actividad deportiva que consiste precisamente en adelantar al contrario, pasar al terrible Doctor.

Pero el Doctor es italiano y el que intentaba pasarle español, o catalán, según se mire, lo cual significa que muchos de sus conciudadanos le odian, o le envidian, o simplemente no soportan que triunfe, el resultado es que media España o media Cataluña, según se mire, justifica  al Doctor. Por el contrario toda Italia apoya al Doctor y arremete contra el pobre infeliz  que intentaba ganarle en una carrera. Incluso han  enviado provocadores profesionales a casa del otro contendiente que es el que puede privar al Doctor de su título, de  su propiedad, de su derecho divino a tenerlo,  para desequilibrarle de cara a la próxima carrera en Valencia donde el susodicho Doctor tendrá el apoyo incondicional del graderío y, sin duda, ganará el mundial, porque el Doctor ha decidido que va a ganarlo como sea, y si algún competidor tiene la mala ocurrencia de intentar pasarle ya sabe que el Doctor tiene bula y puede acabar por los suelos y fuera de la carrera, eso con mucha suerte, con un poco menos de suerte puede acabar paralítico, tetrapléjico o muerto, pero es que el Doctor, es el Doctor.

 

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