PROFANACIÓN

Editorial Amarante

PROFANACIÓN: UNA PELÍCULA COMPLICADA.

La novela negra escandinava está de moda. Stieg Larsson, desgraciadamente ya fallecido, fue el primer autor que irrumpió en las listas de más vendidos compitiendo con los grandes escritores norteamericanos con su saga Millennium . Si algo destaca en las tres novelas que componen la serie que se han publicado de este brillantísimo autor es su confesado feminismo. Bueno, sobre esta aparente militancia hay opiniones, lo que sí está claro es que Larsson alumbra un personaje, un protagonista original con fuerza literaria comparable a la de Hércules Poirot  o Sherlock Holmes, Lisbert Salander. Pero dejo el análisis de estas novelas para más adelante.

Siguiendo la estela de Larsson, otros autores escandinavos están construyendo su propia serie de novela policíaca que está teniendo gran éxito en todos los países europeos y en los propios Estados Unidos. En concreto, Jussi Adler-Olsen, autor danés, escribió «Los chicos que cayeron en la trampa», cuya versión cinematográfica se conoce en España como «Profanación».

Vaya por delante que no he leído la novela, pero sí he visto la película y lo que aquí escribo se refiere exclusivamente al filme en cuestión,  y en la historia que se  ve, uno no deja de observar, de asombrarse ante lo que, en mi modesta opinión, es una construcción argumental que calificaría de excesivamente  complicada por influencia de eso que,  en lo que está tomando forma ya aceptada incluso en los diarios y medios de comunicación más conservadores, se denomina como nuevo orden mundial. Un sistema de creencias, de ideas fundamentalmente ateas y materialistas, sistema que pretende derribar modelos de familia, modelos de relación social, fronteras físicas y raciales, en el que tiene una singular fuerza y presencia el feminismo como uno de los arietes ideológicos más potentes y más acordes con el  nuevo sistema que se preconiza para el futuro inmediato.

El feminismo, con extraordinaria  presencia e influencia en los países escandinavos, no puede ni debe tomarse a broma, su capacidad política  llega al extremo de que  una diputada de alguna cámara de representación, creo que sueca, llegó a proponer una ley que en adelante prohibiría a los hombres, repito, no es broma, “mear de pie”.

Sobre esta nueva ideología, que se convierte en una suerte de cuerda floja sobre la que se debe caminar, los escritores escandinavos, sobre todo  varones, me parece a mí que se columpian, hacen piruetas argumentales, en definitiva, se manejan como pueden, siendo como son, en el fondo, tan machistas como el resto de los maltrechos caballeros este viejo continente.

En «Profanación », no pude dejar de observar una serie de acatamientos al feminismo rampante que son increíblemente curiosos.

Así, según la doctrina feminista que vamos conociendo en países como España, el entramado ideológico sobre el que se está basando cada vez con más fuerza el poder femenino se sustenta en unos cuantos lugares comunes, o ideas fuerza aceptadas y continuamente publicitadas por los medios llamados de «comunicación» que cada vez más parecen de adoctrinamiento.

Así, un par de estas ideas o lugares comunes:

La mujer es más débil físicamente que el hombre y como consecuencia las relaciones entre ambos se sostienen tradicionalmente en el principio de violencia que somete a la mujer al poder masculino bajo la amenaza de respuesta violenta del varón a cualquier intento de resistencia. Como consecuencia, en España, el gobierno anterior socialista puso en vigor la denominada ley de “violencia de género”. No la conozco en profundidad, pero al parecer  se basa en que para evitar el abuso violento que se deriva de la supuesta superior fuerza física, cualquier denuncia de una mujer en el sentido de haber sido agredida por un hombre, supondrá la inmediata respuesta de las fuerzas del orden que sin más comprobación detendrán al varón y lo llevarán ante el juzgado pertinente.

Por otro lado, y de manera contradictoria con lo que se expone en el apartado anterior, los mismos medios, incluyendo las series televisivas y el cine, llevan a cabo una función que podríamos llamar educativa, o lo que el presidente Zapatero en su momento, denominó función pedagógica, es decir que la sociedad debe aprender, aceptar, la absoluta igualdad de la mujer respecto del hombre en todos los terrenos. De esta forma se están realizando grandes inversiones en películas y series de televisión cuyas protagonistas son mujeres.  No sólo se trata de mujeres atractivas, de inteligencia superior a la del hombre, sino también de prototipos femeninos invencibles en la lucha cuerpo a cuerpo con varones. Es corriente ver como una delicada, aparentemente, policía de unos cincuenta quilos de peso, derriba con enorme facilidad a un armario de músculos a reventar  de no menos de ciento veinte kilos.

Y aquí llegamos a los problemas a los que el autor de la novela o del guion se enfrenta para llevar a buen término una historia criminal que esté de acuerdo con los nuevos paradigmas de poder social y político que, como digo, están desarrollándose sobre todo en los países nórdicos.

Como en cualquier novela dirigida a un público amplio y tradicional, tiene que haber una heroína en peligro y un caballero salvador con armadura  sobre corcel de guerra  dispuesto a enfrentarse al malvado dragón que amenaza con destruir a la bella princesa.  Pero los tiempos cambian y la forma de enfocar estas relaciones tradicionales que  han sido la base del  éxito de los relatos de siempre, desde los romances medievales a las modernas historias romántico violentas de Arnold, enamorado de su mujer  en «Mentiras arriesgadas»,  o de  Tom Cruise en alguna entrega  de la serie «Misión imposible», enamorado de la suya.

La colisión con el feminismo agresivo puede ser desagradable,  por lo que el autor construye un personaje femenino de lo más complicado.

Se trata en el tiempo presente de una “sin techo” que navega sin demasiado rumbo por las calles y rincones más turbios y peligrosos de la ciudad  con un feto momificado. Le quieren matar. Y eso porque en su anterior adolescencia manifestó lo que podríamos denominar  una doble personalidad.

Por un lado, siendo adolescente,  se encapricha de un compañero psicópata,  rico y poderoso que responde a esa visión  tradicional de mujer enamorada  de macho violento y arrogante que acabará humillándola  hasta destruirla psicológicamente, ahora bien, en esta época de igualdades absolutas, el autor, seguramente piensa que si el varón puede ser un psicópata, la mujer no le andará a la zaga en estos menesteres.  En una escena, la heroína comparte  con su amante esa parte oscura del malvado, y no se recata en absoluto a la hora de golpear a una de las víctimas, otro joven estudiante, mientras su rostro se transforma en una máscara de placer sensual al tiempo que rompe la nariz de una patada al pobre desgraciado y mira arrobada a su enamorado que también expresa esa íntima satisfacción que le produce haber encontrado un alma gemela.

Pero basta ya de mujeres malvadas, estamos en que lo políticamente correcto es que  la heroína sea sensible y maltratada por el varón. Su hombre, la rica y poderosa criatura psicópata y sus amigos deciden acabar de una vez con el infeliz compañero de estudios  y su hermana en una ceremonia de placentero desbordamiento ultra violento pasional.

La chica, la heroína, llorosa, arrepentida, intentando evitar un crimen, es decir, la misma que unos días antes se recreaba en el sufrimiento de un chico indefenso, ahora sensible, amorosa, hace una llamada a la policía, pero al final, cuelga, véase el trailer. El resultado de la juerga son dos jóvenes asesinados cuya responsabilidad recae sobre un pringado que se traga el marrón en lugar de los, repito, poderosos, riquísimos y malvadísimos   amigos que en el discurrir de la película se convierten en esos señorones habitantes de castillos, cazadores empedernidos y propietarios de todo lo que alcanza la vista, incluida la bellísima aunque sufriente mujer de la que disfruta como una propiedad más,  el malvado y que tanta rabia dan.

Estamos ahora, por tanto, en ese presente en que la heroína transita trastornada con el feto momificado en la mochila por las callejuelas habitadas por el lumpen conocido de todas las ciudades europeas, drogadictos, sintecho y prostitutos de ambos sexos.

Aparece el protagonista masculino, el nuevo hombre acorde con los tiempos que vivimos. Es un policía tan perturbado como la propia chica sintecho, tiene como compañero (otra vez lo políticamente correcto), un policía de aspecto árabe o turco en el  que entre otras virtudes  que son todas las que faltan a los policías escandinavos que aparecen en el filme, destaca la capacidad de soportar al  detective que por algún problema personal se ha convertido en un secante absoluto, cualquier fiesta en su presencia se convierte en un funeral, no tiene amigos, ni amigas, sí tiene un hijo al que le falla una y otra vez, nadie le quiere ni a nadie quiere, desprecia al género humano en general y al femenino, (eso se sugiere por el autor de una forma más bien disimulada), en particular, si bien también puede pensarse que este nuevo tipo de hombre maltratado por el feminismo militante se venga de alguna forma, asumiendo esa conducta de persona resentida que se queda esperando a que el  o la que le ha causado daño acuda a consolarle.

Es casi como el niño que se enfada con su madre por cualquier tontería y se recluye en un rincón de la casa con el evidente deseo de que la mujer se sienta culpable, se arrepienta del mal causado y le acoja de nuevo amorosamente, a pesar de que el niño fingirá, actuando teatralmente,   rechazar  lo que está deseando.

Sigamos adelante. Nuestro protagonista en el curso de la investigación contacta, entiende, desea salvar a la peculiar heroína que como he dicho antes, porta dos personalidades completamente distintas. La mujer maltratada, herida, abandonada, despreciada por el malvado poderoso, convive con ese otro modelo de mujer del siglo XXI, agresiva, enemiga mortal del género masculino y a su misma altura en cuanto a poder físico y capacidad de ejercer la violencia. Esto último no parece muy acorde con la vida y las posibilidades físicas, escasas, desde luego, de las personas expulsadas a los arrabales sociales, pero es lo que la película nos muestra y deberemos pasar por alto estas, más que evidentes, incoherencias.

Y todo esto se traduce en que cualquier señor que se acerca a nuestra heroína, incluido el bienintencionado, deprimido  y justiciero policía, acaba con gravísimos politraumatismos de carácter reservado  en la sala de urgencias de un hospital. Lo mismo le ocurre a un asesino profesional al que  muele a palos con  habilidad ¿aprendida, tal vez de la propia Lisbeth Salander?, parece que existe esa influencia. En todo caso, nuestra protagonista  no tiene ninguna dificultad en escapar de comisarías, calabozos y policías que acaban como todo ser masculino que se le aproxime a menos de un metro, totalmente destrozados.

Así hasta que consigue acercarse a su otrora enamorado  psicópata, maltratador de su mujer actual, acabado modelo de la malvada esencia masculina,  al que incinera para suicidarse a continuación  en presencia impotente del policía de nulas habilidades sociales que le suplica inútilmente que no lo haga.

 

 

 

 

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