APRENDIZ DE GIGOLÓ

PELÍCULAS DE VIDEOCLUB

 

 

 

 

Aprendiz de gigoló.

Cinta del año 2013 ya proyectada en cines y comentada en revistas especializadas, yo suelo esperar a su pase al videoclub y si no me resulta muy llamativa, dejo que baje al segundo escalón de filmes casi olvidados que resultan más baratos de alquilar.

Cada espectador tiene su punto de vista y sobre eso no hay discusión posible, el mío difiere un poco de la crítica general que se ha hecho sobre esta película.

Como en los sueños de Freud hay en el cine un contenido manifiesto y un contenido latente. Lo que vemos, lo aparente  en el film de Turturro es una extraordinaria película, una espléndida obra de arte compuesta de colores, música, primeros planos, ritmo pausado, diálogos, encuadres perfectamente iluminados, paseos románticos al albor de sugerentes bosques otoñales. Un film, en definitiva, de una estética brillante y atrayente.

Turturro, todo hay que decirlo, llena la pantalla, mirada intensa de hombre otoñal, cansado, sin referentes morales, ni religiosos, solo ocupado en labores de jardinería, fontanería, filósofo existencial de vuelta de todo sin rumbo ni destino.

Es el director y se recrea en sí mismo, tiene «eso», ese misterioso don de los que son queridos por la cámara, sorprende su distanciamiento, su sólida personalidad construida sobre la ausencia de creencias, de relaciones, de pertenencia a grupo alguno. Habla poco, pero la cámara le busca, le persigue, nos muestra su mirada oscura y llena de mensajes, nos advierte de su altura, un metro ochenta y cinco, nos enseña su cuerpo sólidamente masculino tan ajeno a  músculos hipertrofiados en gimnasios, cuerpo contenido todavía,  a punto de iniciar el declive, el inevitable descenso que sigue implacable a la coronación de la cima de   montaña desde el que se divisa el valle de la ya cercana vejez.

En definitiva Turturro se da un chute de autoestima, se recrea en la suerte, anda de espaldas al espectador con pasos largos y piernas abiertas, como los toreros que terminan una tanda de pases acertados. Hace bien, es su película.

Pero hay algo más. «Aprendiz de…», es una película de judíos ultraortodoxos en un barrio judío  y aquí es donde surgen las dudas, al menos las mías. Woddy Allen compone un personaje, permítaseme, imposible por increíble. Un abuelete que convive con una mujer de color y una ristra de hijos que le llaman abuelo Mo. En el barrio todo es religioso, los hombres llevan tirabuzones, se cubren con la kipá, les cuelgan cordones, creo que cuatro, debajo de una especie de chaqueta y tienen su propia policía a la que identifican como una  patrulla vecinal voluntaria. Y en este barrio el abuelo Allen tiene conocimiento de que su médica, una riquísima señora casada quiere, en ausencia de su marido, fornicar, tener sexo con un desconocido, quiere eso que se suele denominar experimentar, probar,  y también sueña con montar un trío, pero antes tiene que pasar revista al señor en cuestión. Allen y Turturro pasan malos momentos económicos y deciden que no hay nada malo en ello, el viejo judío se llevará un considerable porcentaje de la recaudación que utilizará para hacer regalos a los niños de la familia con la que convive sin que se aclare demasiado  cuál es la condición en que lo hace.

No es muy creíble que una señora como Stone pague mil dólares a Turturro por un encontronazo y mucho menos lo que le llegan a pagar ella y Sofía Vergara por el trío que se montan finalmente con un Turturro ya atribulado por la duda amorosa como luego veremos, pero en gran medida el cine es sueño y fantasía y daremos por bueno que la señora Stone y la señora Vergara, a pesar de que expelen, exudan sexo, deseo, morbo y descaro absoluto están necesitadas y dispuestas a pagar lo que haga falta, pero la verdad, este asunto sólo es creíble en la medida en que Turturro ha escrito el guión, es el director y en el mundo de la fantasía y de los sueños, uno, en sus delirios y con sus alucinaciones hace lo que le parece.

Pero, como digo, es una película de judíos y se trasluce eso que Freud denominaba el contenido latente, contenido que en realidad sostiene, fundamenta lo aparente,  lo que vemos, pero que pasa desapercibido, es enigmático, no lo comprendemos, ni queremos hacerlo porque es tabú, pecado sexual en tiempos de Freud y hoy, ya superado este trauma de antes de la liberación sexual,  mutado en múltiples formas y sustancias que en el mundo del cine tienen la  misión que nuestro anterior presidente Zapatero denominaba pedagógica.

Y es que estamos en tiempos de guerra islámica y los islamistas ya se sabe, son esos tipos barbados, airados, fanáticos que tienen a sus mujeres sometidas a la esclavitud absoluta  hasta el punto de obligarlas a vestir de determinada manera y a ser fieles a sus maridos hasta la muerte, muerte de ellas por supuesto, en caso de  la más mínima infidelidad.

Y he aquí que existe esa comunidad judía que viene a tener las mismas normas y similares prevenciones respecto a todo, desde la comida, el vestido, las horas de paseo y retirada, hasta el comportamiento adecuado del elemento femenino de la comunidad. Corremos pues el riesgo de que si nos sentimos amenazados por esas rígidas normas de comportamiento musulmán, también comencemos a descubrir que sus seculares, a veces enemigos y otras veces, más de las que pensamos, aliados, son, en algunas de sus manifestaciones, igualmente fanáticos y ese pensamiento es lo que la película intenta corregir y aventar.

Y bien, entonces vemos a una señora viuda con seis hijos ortodoxos  peinados con tirabuzones, ella tiene la cabeza cubierta como una monja  y recibe la  visita el chulo Allen   que le comenta, visto el estado de ansiedad de la joven y todavía  atractiva viuda, la necesidad que todos tenemos de que nos toquen, nos abracen, nos contacten físicamente otras personas y le ofrece, no parece que exija pago a cambio, la viuda es pobre y humilde, un momento de estremecimiento físico a cargo del gigoló maduro y avezado en estos menesteres.

Monta entonces, el gigoló, una de esas fantasías que tienen todos los hombres de ser masajistas de señoras desnudas sobre una tabla, masa de carne sobre la que restregar deseos libidinosos y aceites suavizantes y la chica, la viuda, contra todo pronóstico, emocionada al primer repaso casto y contenido sobre una pequeña superficie de la espalda superior, rompe a llorar.

Y ahí se establece la relación amorosa entre la mujer judía ortodoxa y el gigoló comprensivo y filosófico que termina amándola hasta invitarla a una cena romántica. Durante la cena, la viuda pronuncia una y otra vez la palabra «kosher», comida adecuada, adaptada a la norma bíblica, por lo que la pecaminosa relación, al menos en lo que se refiere al consumo de alimentos permitidos queda dentro de los cánones de lo judaicamente correcto.

En el barrio, además hay una policía propia.

Ya se sabe que la gente que es elegida por Dios no se siente concernida por ninguna autoridad que no sea la religiosa, pero la película disuelve esta evidente resistencia  a la autoridad civil neoyorkina en la simpática respuesta a un hombre corriente, es decir, a un norteamericano cualquiera que ha tenido un leve accidente de tráfico en el barrio prohibido. « ¿Usted es policía?», pregunta asombrado ante la presencia de un ortodoxo con coche  similar a un policial y uniforme peculiar, con kipá, cordones colgantes, tirabuzones y demás elementos identificadores de la obediencia rabínica. «Somos una patrulla vecinal de voluntarios», obtiene como respuesta y el ciudadano normal y corriente  reacciona con cierta violencia argumentando su pertenencia y su derecho estadounidense. Obsérvese aquí que la película nos ilustra acerca de  la persistente voluntad antisemita de ciertos individuos que a la mínima sacan el bate de béisbol o ponen en marcha las cámaras de gas. Pero al violento  no le sirve de nada, el vigilante voluntario deja caer sus ciento veinte kilos de peso sobre el protestón y le pone las esposas sin más y sin menos y es que en el barrio judío sólo hay una autoridad.

El detenido escucha hablar en hebreo y exige que hablen la lengua común en la que todos se entienden y para que todos se entiendan, pero ya se sabe que un grupo que disponga de dos lenguas tiene una ventaja comparativa sobre el común de los habitantes de un estado corriente. Por un lado accede a todas las ventajas de pertenecer al superestado y por otro, gracias a su propio hecho diferencial, puede conformar un conjunto de intereses tribales que se sostienen en un lenguaje propio, secreto  y sólo accesible a los iniciados.

Pero todo ocurre con suavidad y respeto en el barrio judío. Se detiene al camorrista con facilidad  y sólo con la necesaria y mínima violencia, y es que hay que defenderse del racismo antisemita como sea.

Es verdad que ese policía tiene además, por lo que se ve, la misión de perseguir a los y a las infractoras del precepto religioso, y habiendo visto a Allen ejercer el sospechoso oficio de proxeneta y a la viuda de la que el policía está enamorado, darse un beso con un goyim, presenta la denuncia correspondiente ante el tribunal rabínico. La realidad, me parece, debe ser muy distinta, pero la película tiene esa finalidad disuasoria y justificante. El tribunal parece amenazante y peligroso, hablan de lapidación y cosas semejantes, pero al final la viuda aparece y se reivindica ante los rabinos, cosa ésta también que me parece bastante dudosa, ya se sabe que los tribunales religiosos suelen llamar al orden expulsando como mínimo al hereje de la comunidad, pero aquí no pasa nada.

La viuda, se sugiere al final de la cinta,  acabará casándose con el policía enamorado a pesar de que recordará con inmensa alegría los momentos pasados con el goyim inmoral. El gigoló se va, lo deja, incluso le cuesta cumplir con Stone y Vergara, es comprensible, pero en su caso no se trata de la dificultad de satisfacer a semejantes hembras agresivas y primigenias, lideresas del  grupo alfa de los humanos, el motivo, lo que le produce el hastío y el aburrimiento en presencia y sobre los cuerpos de estas dos mujeres es el recuerdo de la mujer distinta, de la mujer  perteneciente a un grupo religioso que la impregna de moralidad, de fe y normas de comportamiento que la hacen deseable y distinta de las mujeres tipo occidentales, depravadas y abducidas por el sexo y el vicio. Él, el gigoló, no es judío, y por tanto no la podrá tener y ella, una vez satisfecha su cuota de rebeldía no disfrutada en la adolescencia, vuelve feliz al redil de lo religiosamente correcto iniciando los trámites pertinentes para unirse al policía que se define a sí mismo como un hombre bueno.

¿Y a qué conclusión llegamos? Pues puede que debamos considerar las diferentes formas en que se organiza el grupo humano y las ventajas y desventajas que se obtienen en los diferentes casos. El hombre masa, el norteamericano u occidental medio sin hecho diferencial, está dramáticamente destinado  a la soledad de las grandes ciudades, de los macrohormigueros habitados por millones de seres anónimos sin lazos con otros congéneres más allá de las relaciones de trabajo y las aficiones compartidas. Soledad absoluta en definitiva. porque esos lazos son tenues y se disuelven a la menor dificultad, al menor cambio de residencia  o a la menor necesidad de cuidado físico. Por el contrario, los mundos cerrados con fronteras delimitadas por el mismo aislamiento físico, los pueblos de antes de la revolución industrial, o también separados en las propias ciudades  por  invisibles vallados de creencias religiosas y vestimentas y comportamientos a ellas sometidos, proporcionan ese grado de solidaridad y respeto que el ser humano, a pesar de todo, siempre necesita. El habitante del barrio judío sabe quién es, sabe qué es lo que tiene qué hacer y cómo hacerlo, sabe que  siempre tendrá compañía, familia, amigos, será alguien porque pertenecerá al grupo, a cambio tendrá que pagar en la necesaria pérdida de libertad. El rebaño no admite rebeldes, si alguien lo abandona se expone a la perdición, a la soledad absoluta, que es, en definitiva lo que nos ocurre a la inmensa mayoría de seres perdidos en ciudades y sus tumultos que ofrecen aparente libertad, pero que al mismo tiempo nos condenan a la soledad eterna.

 

 

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