TIEMPO DE COMPRAR

Acaba un año y comienza el siguiente. Visito para pasar un rato, por hacer algo, FNAC, ese supermercado de todo lo vendible. Un cartel publicitario anuncia que la firma está comprometida con el precio justo,  abrumado ante semejante afirmación, recuerdo: «hace un tiempo, no demasiado, tengo un vale de compra acumulado FNAC por cinco euros, necesito un cartucho de tinta para impresora  y lo encuentro en la estantería a un precio de treinta y un  euros que descontando el vale  quedaría en veintiséis euros, a pesar de todo me parece caro. Voy a un comercio cercano de artículos de oficina atravesando un par de calles, el mismo cartucho me lo ofrecen por veintitrés euros».

Atónito ante la manifiesta voluntad de ofrecer un precio justo, espero mi turno para incorporarme a  la avalancha de humanidad que accede como puede a los misterios que componen la moderna liturgia de las últimas horas en que  pueden conseguirse las cosas innecesarias. Las escaleras mecánicas transportan abigarrados ejércitos que suben  y no menos densas brigadas de seres humanos que descienden, tropas avezadas en la lucha por la compra del último momento.

Observo con preocupación  las  colas inmensas para consultar  dudas, para pagar compras, el terror me invade, las tristonas esperas soviéticas para conseguir artículos de primera necesidad se transforman en la descomunal catedral de lo superfluo en beatíficas sonrisas de felicidad cada vez que el histérico, (aunque él no sea consciente de su enfermedad) paciente (por la paciencia necesaria), avanza un centímetro hacia su destino final, destino que puede consistir en el contacto con el sacerdote del consejo habilitado al efecto y si todo sale bien, en el último acto del proceso, el pago  y el consecuente permiso para abandonar el recinto sagrado sin que suenen las alarmas de la vergüenza.

A ese último destino se dirige la serpiente del consumo retorciéndose  encarrilada por cintas laberínticas que comienzan en algún estratégico lugar del tinglado  y desembocan, como lo hace  el río caudaloso en un delta más desahogado,  en un larguísimo mostrador poblado por empleados uniformados al frente de terminales de ordenador, rojizos y fluctuantes lectores digitales, tarjeteros de última generación y por si algo  falla, caja registradora en metálico, todo al servicio de ese subidón salvaje que consiste en abonar una enorme cantidad de dinero por algo que si se hubiera comprado un mes antes, seguramente habría sido más barato, aunque eso sí, el compulsivo consumidor occidental no habría disfrutado de la descarga de adrenalina, del orgasmo de felicidad en que acaba  el acto fundamental de la contemporánea e inducida necesidad de poseer cosas inútiles, «siguiendo los consejos de los medios, las vidas ejemplares de los pobladores del otro lado del plasma, adoptando para mí mismo las frases fuerza de los triunfadores del mundo deportivo, económico y social, “¡hay que creer en uno mismo, hay que fijarse objetivos y hacer todo lo necesario para conseguirlos!”, he logrado hacerme pues con el trasto de última generación que dentro de un mes estará obsoleto, tocado y hundido por la nueva versión que se ofrecerá el siguiente viernes negro con descuento del cincuenta por ciento después de haberle, un día antes, incrementado el precio en un setenta y cinco por ciento»..

 

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