LAS CORRECCIONES

 

 

LAS CORRECCIONES

Enid quiere reunir a su familia por navidad. Alfred, su marido gravemente afectado por una incapacitante enfermedad cerebral no tiene futuro, su vida se acaba y su esposa busca el retorno al tiempo pasado, el comienzo, los momentos en que la familia todavía lo era. Ahora ya sólo quedan  restos desperdigados por todo el país, por todo el mundo.

Hijos dispersados por las circunstancias de las vidas que cada uno de ellos ha elegido, o ha podido elegir, o le ha tocado en suerte. Chip, Gary y Denise. Chip el intelectual, atrapado  en un turbio asunto de relaciones sexuales con una alumna ha tenido que abandonar su puesto de profesor y sobrevive como escritor, periodista freelance, cada vez con menos posibilidades de conseguir su sueño, centrado por el momento en una obra de teatro que no consigue colocar a través de su agente literaria, Julia.

Julia es, a su vez esposa de un exiliado lituano, Gitanas y amante ocasional de Chip. Su madre Enid confunde el trabajo de Chip  que escribe artículos mal pagados para una revista sin importancia, de nombre semejante,  con la de periodista del Wall Street Journal, Chip ni siquiera intenta sacarla del error, quiere estar lejos de su infancia, de su familia.

Sus padres, Enid y Alfred sobreviven a duras penas, solos y abandonados en Saint Jude pueblo lejano y profundo del medio oeste norteamericano.

Chip acaba trabajando  para Gitanas como publicista de inversiones para los negocios que tras la caída del muro comienzan a abrirse camino en Lituania.

Gary, el aparentemente mejor situado, vive en permanente guerra con su mujer a cuenta de la ocurrencia de su madre que quiere reunir a hijos y nietos por última vez durante las navidades. La guerra, por supuesto, la pierde Gari, cuyos negocios de inversiones en bolsa y la lucha que emprende para conseguir viajar al menos con uno de sus tres hijos a pasar la navidad con sus padres le conducen a  una profunda depresión.

Denise es restauradora de prestigio. En su juventud, en el primer trabajo que le consigue su padre en la empresa de ferrocarriles de la que es ingeniero, tiene el primer escarceo sexual con un compañero veterano de Vietnam, tipo éste siempre receloso, perdedor genético dispuesto a pasar a todo el mundo la oportuna factura de su desgracia debida a su compromiso en defensa de la patria del que otros se han sabido librarse.

Denise comienza su aventura culinaria con Emile del que se convierte en esposa. Se separa  de él e inicia su propia carrera profesional con Brian, exitoso vendedor de una empresa puntera que le reporta una gran cantidad de dinero.  Brian está casado con Robin Scalfaro cuya tortuosa historia familiar se entrelaza de forma trágica con la venta de la empresa de su marido. Denise se convierte en amante de su jefe y al mismo tiempo amante de Robin hasta que Brian descubre el extraño doble juego de su, por otro lado, exitosísima jefa de cocina y la despide, momento en el que acude a Saint Jude en busca de sus padres y de las últimas navidades en familia.

El eje central de la novela es Alfred, el padre, al que se retrata como un hombre honesto, pero excesivamente rígido en sus principios de honradez y de comportamiento sentimental respecto tanto de su mujer como de sus hijos. Alguien incapaz de manifestar sus sentimientos más profundos, atrapado en sus convicciones personales, en su férrea disciplina de trabajo y en su entrega a la empresa ferroviaria para la que trabaja, poco dado además a satisfacer los que él considera caprichos de su mujer.

Ahora, Alfred, es presa de una demencia senil progresiva. Se  describen con extraordinaria intuición literaria los  debates seniles que mantiene consigo mismo, su melancólica convicción de que no hay remedio, su progresiva incapacidad física, sus dificultades para controlar las necesidades fisiológicas  básicas y la curiosa estrategia  de apartarse de la vista de su mujer  a su cueva personal del sótano para allí realizar una complejísima maniobra que le permite algo tan simple como defecar.

No hay piedad para nadie. Enid, el ama de casa frustrada, cuyos hijos ya no están, cuya vida parece, o a ella le parece más anodina, menos interesante que la de sus vecinos, es presa de sus propios delirios, de su obcecación en  que Alfred mejorará si se le aplica un nuevo tratamiento y sobre todo sueña, se empecina  hasta la desesperación con la última reunión familiar de las próximas navidades.

La familia nuclear típica norteamericana construida a partir del fin de la segunda guerra mundial se somete análisis, cruel, sistemático, implacable. El  parte de guerra, el informe que se compone en forma de magnífica novela no puede ser más demoledor. Subyace en todo el relato ese grito que los padres occidentales están oyendo cada vez con más frecuencia, intentando no prestarle demasiada atención, grito, reclamación  de sus propios hijos que les someten a la tortura de ser responsables de su propia infelicidad, « no haberme tenido, realizando además esas repugnantes y culpables maniobras sexuales con las que me habéis engendrado sin el oportuno permiso».

Ahora los padres son responsables de la infelicidad de sus hijos, hijos que huyen despavoridos de casa de sus progenitores, de los estragos que causa la ancianidad, presienten, y en buena medida están en lo cierto, que los viejos les necesitan para sostenerse en los últimos y desagradables años de vida que les quedan.

Chip y Denise han eludido de una u otra manera el compromiso de formar nuevas familias y deambulan en sus propios sueños y aventuras sexuales.

GarY, el sensato, el hombre responsable y entregado, probablemente se deprime porque en presencia de Alfred y Enid, heridos ya sin remedio por la vida, por los años, tiene la sensación de que él ha cometido el mismo error, ha tenido, engendrado hijos sobre los que no tiene ninguna influencia. Niños inteligentes, sarcásticos ya, a tan temprana edad, entrenados por su propia madre como guerreros  de ataque contra su padre y sus abuelos. Se niega a ayudar a su padre, a cargar con la desagradable obligación de extraer su cuerpo desnudo, aterido y paralizado de la bañera en la que Alfred se incrusta una y otra vez contra toda advertencia de que es mejor la ducha.

La reunión familiar, tiene finalmente lugar, y tal como quería Enid dos, al menos, de sus hijos, comienzan a ayudar. Recluyen a Alfred en una carísima residencia que descarga el imposible trabajo de su mujer hasta que la enfermedad termina por destruir los restos físicos, la mente se había perdido ya, del señor Lambert.

Una gran novela, un extraordinario retrato de las tradicionales familias norteamericanas, de lo que queda de ellas, antes unidas por lazos entretejidos en la costumbre, en el trabajo, en las creencias religiosas, lazos que ahora están absolutamente destruidos y que sólo se sostienen en los sentimientos de culpa, cada vez menores de los hijos ausentes, a veces voluntariamente exiliados, otras, expulsados de la familia, de los pueblos pequeños, de las viejas industrias en bancarrota,  a la conquista de sueños que en muchos casos se convierten en pesadillas, a la conquista de un futuro que cada vez parece más oscuro y menos prometedor.

Las empresas se venden a fondos financieros cuyo único propósito es revenderlas luego a otros fondos y obtener para sus gestores el oportuno beneficio, sin que personas como Alfred y sus familias importen lo más mínimo. Los Lambert son víctimas del nuevo estado de cosas.

A pesar de lo que pueda parecer, leer  “Las correcciones”, es gratificante. En algunos momentos, bastantes, el lector acabará  riéndo a carcajadas y en muchos otros le embargará un sentimiento de piedad, de comprensión, de auténtica familiaridad y solidaridad con los personajes y su deambular entre trabajos, países, y cruceros de ensueño.  Algún crítico literario resta importancia al escritor y su obra, otorgando el beneficio de la enorme acogida de esta novela en España a su traductor. La versión en español es magnífica, desde luego, probablemente se trate de un ejercicio de preciosismo literario en sí mismo y los que no dominamos el inglés dependemos de la traducción, pero a pesar de todo intuimos que la novela original debe ser también  una esplendorosa composición literaria y Jonatan Franzen un extraordinario escritor.

 

 

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