ALIEN: CUANDO L A MUJER PISÓ LA CABEZA DEL DRAGÓN

 

ALIEN: CUANDO L A MUJER PISÓ LA CABEZA DEL DRAGÓN

 

Repone  Paramount tv « Alien» « el octavo pasajero»

En su momento fue una revolución en la filmografía galáctica que había puesto en marcha «La guerra de las galaxias», pero exactamente al revés. Lo que en  George Lucas era luz, colores claros, trajes blancos, refulgentes, planetas luminosos, en Ridley Scott se hace oscuro, tenebroso, el planeta está invadido por la tormenta perenne, por el paisaje gris e irrespirable de un mundo hostil, solitario, lejano, que guarda en su interior la llamada, el aviso, la advertencia que Ripley descifra demasiado tarde.

El paisaje es infernal, es el propio infierno, el interior de la nave extraterrestre es un inmenso laberinto, un túnel que recuerda la osamenta de una ballena,  los pasadizos parecen pasillos del castillo del conde  Drácula y debajo, en la bodega, miles de criaturas anhelantes de sangre, de calor humano acechan, inmóviles, ancladas en vainas de aspecto engañosamente vegetal que Kane, el astronauta caído a la bodega, observa…, demasiado cerca tal vez, y entonces…

Ripley es la segunda al mando, ´Dallas es el capitán, Ripley la teniente. Ripley no es emocional, es racional, lógica, inteligente y se niega. No deben entrar en la nave portando algo desconocido y potencialmente peligroso. Ash, el biónico asesor científico, un robot a las órdenes de una lejana corporación, abre.

El diablo se gesta en el útero del hombre que lo porta. El mal toma posesión del cuerpo humano. El demonio galáctico, infernal se apropia de la nave y mata o aprisiona a todos sus ocupantes, excepto a la teniente Ripley.

Y es que en el principio fue el Verbo, la Palabra, y en el principio fueron las ideas. Ideas nuevas que hablaban de igualdad.

La mujer no podía votar, la mujer convertida en asistenta del hogar para todo lo que hiciera falta. Cuidado de niños, de viejos, del marido. Satisfacción de las necesidades emocionales de los hijos, de las necesidades sexuales del marido, de las necesidades repugnantes de los abuelos. Y en el principio fueron las sufragistas y  luego Clara Campoamor que quería el derecho al voto para la mujer, y las izquierdas de entonces que no lo querían, porque las mujeres, decían, pertenecían en alma a  la Iglesia y votarían lo que a ellos no les interesaba.

Pero el tiempo pasa y las ideas toman cuerpo, con lentitud fastidiosa, es verdad. En España todavía vivimos los que conocimos a nuestras madres supeditadas en las cuestiones jurídicas y de Derecho legal  a sus padres primero y a sus maridos, nuestros padres, después.

Los que piensan, los y las intelectuales, sabían. Los retablos de las iglesias eran, son, imágenes, imágenes policromadas que representan, que sugieren, que entretienen, en las que la palabra toma cuerpo, se vuelve sólida, comprensible. Y los intelectuales y las intelectuales, los que emiten la palabra, los que comienzan el cambio tienen prisa, necesitan acelerar el tiempo. Y entonces la palabra se hace cine. Imágenes estáticas de un retablo cambiante, un blanquísimo retablo pantalla de usar y volver a usar. Las imágenes, lo mismo que las figuras policromadas de las iglesias se dibujan en el cine paralizadas en el tiempo, sin alma, sin movimiento, sobre la tela del artista, pero… la técnica, el progreso científico, ha deducido, ha probado que la capacidad de percepción humana es limitada, si se proyectan un determinado número de imágenes estáticas por segundo sobre el nuevo retablo de la modernidad, parece que se mueven. El espectador no distingue la realidad de lo que ocurre en el lienzo blanco que devuelve en forma de fantasía, de historia animada, falsa, pero terriblemente sugerente, la idea, la palabra, del director, del guionista, del intelectual.

En el mundo infernal de Alien, el hombre, el varón, los arquetipos masculinos que hasta entonces han dominado la industria del cine, que hasta entonces  han tomado cuerpo en el imaginario popular, acaban por ser destruidos. En el Nostromo, en el castillo espacial del nuevo conde Drácula, el hombre está inerme ante el monstruo, ante la bestia. Todos mueren, son derrotados, excepto la mujer, la nueva mujer, la teniente Ripley. Una hembra especial, de apariencia casi masculina, no demasiado atractiva, mujer nueva y distante, distante de los hombres y a años luz de esas mujeres del cine, siempre en espera del amor, del hombre, del príncipe azul, a veces malvadas, es verdad, a veces asesinas, pero siempre supeditadas, actuando a través y en función del héroe, del caballero que rescata a la bella dama del dragón que la tiene cautiva, del asesino al que maneja como un pelele, del psicópata invadido por el fantasma de su madre, siempre necesita del hombre.

El premio para el valiente, un beso, un matrimonio, una felicidad supuesta y un «Fin» al final de la película.

En «Alien», Ripley vaga asustada, no tanto como todos los que han sido ya destruidos, no espera ningún salvador, ningún caballero, sabe que ya no quedan, y los que había, la verdad, no merecían la pena.

Camina entre vapores de sauna  que por lo visto debe soltar la nave antes de ser destruida, entre luces estroboscópicas, entre alarmas insoportables que conducen al espectador a un estado de estupor, de asombro, de hipnosis que hace más fácil la digestión de los nuevos tiempos, del nuevo modelo de mujer. En la teniente Ripley no hay sexo, no busca atraer, no desea ser salvada, desde luego no hay ni por asomo algo parecido a la entrega amorosa.

Ripley se basta a sí misma, llora, pero poco, pone en peligro su propia salvación por un gato, huye del castillo infernal, del dominio del hombre y se embarca en la cápsula de emergencia después de tomar la decisión que hubo de tomarse desde el principio si los que decidían, los hombres al mando, hubieran tenido las agallas de arriesgarse, de contrariar a la lejana corporación que ha enviado el Nostromo. Ella sí, ella lo hubiera hecho.

La nueva mujer toma sus propias decisiones, no  tiene miedo, es fuerte, no es sexual, sólo copula cuando le interesa. Utilizará al varón como las mantis religiosas, un polvo relajante y a la mierda.

En la nave de supervivencia, con Ripley viaja el dragón. Otra vez brumas, nieblas, vapores, alarmas. De nuevo  hipnosis colectiva. Y el espectador, estupefacto, ve como por fin, Ripley, la nueva mujer, el nuevo modelo de comportamiento femenino, la idea que viene acompañando una determinada visión de la hembra de la especie desde hace casi un siglo, toma finalmente cuerpo triunfante. La mujer del apocalipsis acaba con el mal, pisa la cabeza del dragón y le destruye. El caballero andante ha muerto, ya no es necesario.

La pantalla se llena con el «The End» y la revolución de la mujer del siglo XX toma fuerza incontenible.

 

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