UNA HISTORIA DE CARONTE

En el mundo tan complejo y caótico que vivimos, los mitos griegos renacen, el viejo Caronte afronta algunos cambios y busca asegurar su nueva posición.

La nueva novela de José Antonio Ávila

Me resisto a la crítica, a la reseña que me piden de vez en cuando. No deja de ser opinión personal y lo personal suele ir acompañado de cargas psicológicas de difícil comprensión. Lo que a algunos gusta a otros les resulta insoportable. Cada uno tiene su historia, su propia experiencia vital, su propia visión del mundo que configura una visión personal tan respetable como la de otro cualquiera. La novela está en Amazón, pinchando la imagen se llega hasta la página web. Puede leerse un extracto directamente  y yo entresaco aquí un párrafo de los últimos capítulos.

Aquí se puede leer un pasaje.

(Siempre había tenido suerte. Recordó que exactamente el mismo pensamiento le había asaltado cuando estaba a punto de casarse. En aquel momento no sabía, sólo intuía, la parte de fortuna que sobrepasaba al mero hecho del apresurado matrimonio con Encarni. Ahora, cuando se disponía a entrar en la habitación 151 en la que el señor Collado, alcalde del municipio en el que su mujer tenía su pequeña casa y el escaso terreno de la herencia, padecía los temores, esperanzas, miedos y agonías de una enfermedad amenazante,  empezaba a vislumbrar la parte de suerte añadida que acompañaba a su reciente desposorio. Retorció la mejilla. Sí, era cierto. Él siempre había tenido suerte.

La habitación era individual y al señor Collado le acompañaban por riguroso turno de guardia sin coincidencia posible su hija Eli y su esposa Krista. Krista hacía guardias rápidas y mañaneras. Argumentaba extraños síntomas psicosomáticos que el ambiente hospitalario le producía, cada vez más virulentos y frecuentes. La tendencia tras tres días de pruebas y análisis a su querido esposo era al distanciamiento, tanto del hospital como de los sufrimientos, de los miasmas malsanos que aquel lugar de enfermedad y dolor dejaba traspasar de unas a otras habitaciones como fantasmas formados por gases venenosos que a ella tanto le afectaban.

El doctor Mínguez dejó que la doctora residente Irene García abriera la puerta. La luz diáfana y poderosa de media mañana diluía los perfiles de la estancia en una suerte de neblina tornasolada. Eli, sentada al lado de la cama, se volvió sorprendida, se puso de pie nerviosa y dejó que el dios con bata blanca paseara su majestuosa figura de moderno hacedor de prodigios hasta acercarse al paciente. Mínguez le sonrió alegre y la doctora García sólo esbozó un gesto de distante simpatía.

Se sentó en la silla que la hija dejó libre y se acercó hasta el atribulado paciente.

—Será mejor que nos dejen solos, —habló sin volverse. Era una orden que abarcaba a todos los presentes—, García, asegúrese de que nadie nos moleste.

Eli y la residente abandonaron la habitación. La Collado buscó con algo de ansiedad la máquina del café e Irene, al lado de la puerta, se aprestó a cumplir con vocación de perro de presa, el encargo de su mentor.

— Hoy en día, Nicanor, el trasplante de corazón es, en realidad, una operación bastante rutinaria. Sólo hay que buscar un donante compatible con el paciente y le aseguro que su supervivencia en condiciones adecuadas de salud estará garantizada. Sin embargo, está la ONT y hay que contar con ella.

Los ojos desorbitados de Collado se abrieron aún más en busca de alguna explicación que él pudiera entender.

— No se apure —insistió Mínguez— tengo determinadas influencias que pueden acelerar el proceso de búsqueda, pero antes… —Mínguez se levantó y abrió la puerta. La residente García se encontraba justo al lado, repasando estadillos sostenidos en una carpeta negra que portaba—, aléjese un poco más de la puerta y que nadie se acerque a esta habitación.

García asintió con gesto de preocupación y dejó una distancia prudencial entre la puerta y el nuevo puesto de vigilancia. Mínguez pareció convencerse y sin decir nada volvió a entrar.

Se acercó hasta casi rozar el rostro angustiado del alcalde.

— Como le iba diciendo, —susurró en sonidos apenas audibles—, puedo acelerar el proceso y lo haré si, previamente llegamos a un sencillo acuerdo.

— Un acuerdo… —Collado repitió la última palabra del doctor tragando saliva varias veces.

— Sí, un acuerdo que no puede ser conocido por nadie, excepto usted y yo mismo. Un acuerdo sin firma, sin compromiso para usted y absolutamente vinculante entre nosotros.

El alcalde tragó saliva de nuevo e hizo un gesto afirmativo.

— Usted debe abandonar el proyecto de urbanización sobre los terrenos de mi mujer, Encarni Solá. Dígame que sí y le aseguro que antes de dos días encontraré la víscera más adecuada y procederé de inmediato a sustituir su  maltrecho corazón.

— Él también dijo algo de un acuerdo… —Collado volvió su cabeza cuadrada, ancha y poderosa, cubierta de una espesa mata de pelo grisáceo hacia la ventana a punto de estallar por los fulgores del sol en ascenso y cerró los ojos mientras alguna lágrima rebelde caía entre sus mejillas.

—  ¿Quién? ¿de qué está hablando?

—   Un sueño, una horrible pesadilla que se ha repetido desde que empecé a tener estos problemas de angustia y falta de fuerza que me están destrozando.

El doctor Mínguez sonrió. —Los sueños no afectan al funcionamiento del corazón. Créame señor Collado. Yo más bien lo atribuiría a tensiones y preocupaciones que cada vez con mayor intensidad inciden en un cuerpo que, no nos vamos a engañar, ya no tiene veinte años. Si me hace caso, si llegamos a ese sencillo acuerdo… —Mínguez acarició el antebrazo velludo y poderoso del alcalde— con ciertos cuidados y atención tanto por su parte como por la mía propia, podrá usted seguir desempeñando su cargo y disfrutando de las alegrías que esta vida nos puede proporcionar durante mucho tiempo.

—Es como si algo me agarrara, ¿sabe?  —el enfermo encaró su rostro angustiado con el gesto distendido y alegre del doctor— una figura que parece humana, pero desmesurada, algo semejante a un esqueleto gigantesco, recubierto de una fina capa de piel directamente sobre los huesos. Estoy en un apeadero observando las vías apenas iluminadas por una farola de luz amarillenta, es de noche, llueve con fuerza y puedo ver los relámpagos y luego escuchar los sonidos de la tormenta lejana. Aparece de improviso, al lado de un expreso nocturno de los que circulaban hace unos años,  quiero despertarme, pero es imposible, se acerca, me atrapa, sonríe abriendo una boca repleta de… espacios oscuros, negros, entre los dientes que todavía tiene, y luego se aproxima cada vez más, parece que llora, pero son larvas blancas y repugnantes que eclosionan desde el interior de sus cuévanos y escupe, una y otra vez, al tiempo que camina hacia mí y sonríe, escupe repugnantes grumos de larvas envueltas en saliva que al chocar con el suelo se desparraman y arrastran…, refulgentes gusanos blancos a la luz de la luna. Y se acerca, cada vez más y no puedo hacer nada, estoy paralizado, me es imposible moverme, siento su aliento fétido, su olor de muerte, y veo que va vestido con un viejo uniforme de ferroviario, en la escarapela pone Sr. T. Carón, y entonces mueve su boca monstruosa y no oigo, pero sé lo que está diciendo, siento que sus palabras silenciosas me taladran el cerebro. «El acuerdo. Tienes que llegar al acuerdo», y luego su mano, enorme, sus dedos sarmentosos, apenas piel sobre huesos, se aproxima, me toca justo a la altura del pecho y entra, penetra entre mi piel, aparta mis músculos hasta llegar al corazón que late con violencia incontrolable y entonces… lo rodea con esa mano huesuda, sólo puedo mirar aterrorizado los ojos negros, las larvas blancas que se retuercen en el interior, pero sé que su mano está abrazando mi corazón y entonces, aprieta cada vez con más fuerza. Me siento morir, un dolor insoportable recorre hasta el último de los nervios de mi cuerpo y me ahogo. Me falta el aire, siento como si una roca de mil kilos me estuviera aplastando por todos los lados de mi cuerpo. Cuando despierto, apenas puedo moverme durante un largo, interminable, intervalo de tiempo. El dolor es más soportable, pero el ahogo, el corazón envuelto por esa horrible mano sigue ahí, incapaz de latir más allá de lo mínimo imprescindible para seguir con vida, si es que a este estado tan lamentable en que me encuentro, se le puede llamar vida. Usted quiere un acuerdo, me da igual cuál sea, haré lo que usted desee, pero quíteme esa maldita mano de muerto de mi corazón).

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