CERVANTES Y EL PEÑAZO INGLÉS

 

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Este es año de celebración, de aniversario. En 1616 murió don Miguel de Cervantes Saavedra, autor del Quijote. Cuatrocientos años han pasado y por aquello de que se trata, al menos para algunos, del escritor más relevante en lengua castellana, pues la cosa cultural española ha procedido, parece que con más vergüenza que otra cosa, a montar algunos homenajes en recuerdo de nuestro venerable paisano.

El problema es en que en estos tiempos, lo español, el castellano, está más bien, mal, es decir mal considerado, todo son idiomas vernáculos sobrevivientes, resistencias heroicas a la imposición cultural de la lengua del antiguo imperio y resucitación asistida de cadáveres lingüísticos, rescatados éstos de su olvido centenario a golpe de subvención gubernamental, dispuestos sus rescatadores a dar la gran batalla final contra los restos de este ejército absolutamente derrotado, de este imperio destruido, de estos miserables hablantes que solo somos capaces de expresarnos en castellano.

Pero además de estas penurias, el bueno de don Miguel se ve obligado a soportar la compañía, la pegajosa presencia, la sombra siniestra de ese individuo que llaman William Shakespeare, un inglés, un literato que dicen, los ingleses por supuesto y repiten como papagayos bien adiestrados, los españoles, los hablantes de este repugnante idioma que es el castellano: (Según la Encyclopædia Britannica, «Shakespeare es generalmente reconocido como el más grande escritor de todos los tiempos, figura única en la historia de la literatura»).

Repitamos pues, todos nosotros, convencidos por siglos de propaganda inglesa, por el coñazo de lo políticamente correcto, por el insoportable peso de la necesidad de hablar inglés, de saber inglés, de entender inglés, de aprender inglés, de que nuestros hijos estudien en inglés, de que en la televisión solo se proyecten programas en inglés con subtítulos en la lengua vernácula que sea menester, cualquiera menos el castellano.

Repetimos entonces: («Shakespeare es generalmente reconocido como el más grande escritor de todos los tiempos, figura única en la historia de la literatura»). Incluso retiraremos el «es generalmente reconocido», siempre hay gente zafia, grosera, inculta que se resiste al dogma absoluto, indubitado, al mandamiento de fe que nosotros, miserables hablantes de este idioma de mierda ya hemos aceptado y, ahora ya, una vez eliminados los últimos obstáculos, podemos recitar el quinto mandamiento de la ley de su Graciosa Majestad de obligado acatamiento:

«Shakespeare es el más grande escritor de todos los tiempos, figura única en la historia de la literatura». Amén.

Una vez rendidos a la evidencia, una vez manifestada nuestra adhesión incondicional a la reina de Inglaterra, renunciando a cualquier posible comparación o competencia, perdida de antemano, acerca de la mayor o menor genialidad de don Miguel respecto a don Guillermo, podemos, puedo, desde mi condición de palurdo hispanohablante hacer algunas reflexiones acerca de la obra de Cervantes.

Pero antes diré, en mi condición de zafio, rastrero, inculto de solemnidad, que no me gusta la obra de William, aunque también es verdad que no he leído nada de lo que ha escrito, ni visto ninguna de sus imprescindibles obras teatrales, porque, todo hay que decirlo, cuando era niño y luego joven, cada vez que aparecía Hamlet con su duda irresoluble, la calavera y todo eso de ser o no ser, de soy o no soy, de lo mato, pero no me atrevo, de los malos olores en Dinamarca, cambiaba de canal. Y lo mismo con la historia mil veces repetida en todos los idiomas y tradiciones de Romeo y Julieta, tonta ella y tonto él. Y el rey que busca un caballo, y Otelo, con sus celos. Tragedias tremebundas, comecocos sin solución, en fin, no hablaré de lo que no conozco y dejo claro que no tengo nada contra William, probablemente sea un genio, el mayor, nadie lo discute, (excepto algunos especialistas ingleses que hablan de la posibilidad o más bien imposibilidad de que un cómico de humilde extracción social pudiera componer tan tremendas, y numerosas obras de teatro y poemas sublimes y… lo que sea que hizo el buen hombre).

Repito, nada contra él o su obra, cómo podría tener algo en contra si no la conozco, y todo por esta sensación, esta miserable intuición de que para conocer, absorber, entender, disfrutar de la obra de algunos escritores es condición indispensable hablar, sentir, pensar en el propio idioma del que escribe. Es por esta manía personal que el Ulises de Joyce me parece un tostón, al menos en su versión traducida y el Moby Dick , me resulta una travesía excesivamente larga y aburrida de solemnidad, en algunos momentos parece una obra de zoología marina, con sus interminables descripciones de delfines, ballenas, ballenas espermáticas, y demás. Y ahora podéis llamarme estúpido.

Otra cosa sería haber nacido inglés, en ese caso sería posible que entre una copa y la siguiente de oleoso vodka, mezclado no agitado, en un elitista club británico, o entre un flemático y disimulado bostezo de supremo aburrimiento y el siguiente en un teatro londinense acabara por apreciar alguna de esas imprescindibles obras tan publicitadas, pero todo eso solo son imaginaciones.

Sigo adelante, pero insisto, no tengo nada contra el bueno de William, sólo me molestan los corifeos hispanos de cualquier cosa que huela a inglés, seguidores entregados de cualquier manifestación, lamentablemente expresada en castellano, de que el español es secundario, prescindible. ¡Cómo vas a comparar! el castellano con el francés, el alemán, el italiano y mucho menos con todas esas lenguas minoritarias que hablan tantos habitantes de esta piel de toro y sobre cuya superioridad sobre la miserable lengua común, pontifican una, otra, miles, millones de veces en… castellano.

Volvamos pues al pobre don Miguel y al Quijote. Sobre Alonso Quijano y Sancho Panza se ha hablado, se ha escrito tanto, se ha interpretado de tantas formas, se ha intentado discernir, descubrir la magia que subyace, que impregna esta novela, (insisto, que esto quede claro, muy inferior a cualquier dramón shakespiriano), que una interpretación personal, a pesar de la confesada zafiedad, ordinariez, bastedad cultural de quien esto escribe, no perjudicará, eso espero, a la gran obra escrita en el que antes llamaban siglo de oro y ahora, siglo de mierda español.

Y para eso, para acercarme a la novela cervantina desde mi particular ignorancia y mis pocas luces no tengo otro remedio que recurrir a algo que sea remotamente similar a lo que el Quijote significa en la historia de la literatura. Y viene a mi memoria esa película «Mejor imposible», y esa escena, cuando la protagonista, humilde camarera separada con casa en alquiler madre e hijo enfermo a cuestas, decide, por eso de darse un capricho, de olvidarse por unos momentos de la vida lamentable y desgraciada que le ha tocado en suerte (mala suerte), animada por su madre y empujada por su natural condición alegre y a pesar de todo de optimista biológica, lanzarse a la aventura nocturna y atraer un maromo presentable para dar una alegría al cuerpo y echar lo que vulgarmente se conoce como un casquete. Y en eso andan, cuando el niño llama y la madre va, y vuelve, “es que está enfermo”, y el niño vuelve a llamar y ella acude y al cabo de un rato vuelve, y el tipo arruga la nariz y ella dice “es que me ha vomitado un poco en la combinación” y entonces el maromo, el sueño de una noche de verano, se levanta y proclama, —me voy. Lo siento, no soporto tanta realidad.

Y eso es el Quijote, pura realidad. Realidad profunda, además, y nos subyuga desde hace cuatrocientos años porque el Quijote y Sancho, son una sola persona, son el propio Cervantes, y somos nosotros. El Quijote nos descompone en nuestras dos esencias humanas, la parte de locura, la que nos habla de lo importantes que somos, de las hazañas que somos capaces de realizar, la que nos mueve a emprender tareas superiores a nosotros mismos, a salvar niños maltratados, a liberar presos, a enfrentarnos a leones y a ejércitos imaginarios, y la otra parte, nuestra más íntima conciencia de que habitamos un mundo peligroso, lleno de gente malvada, de obstáculos insalvables, de muros imposibles de derribar, nuestro Sancho interior, intuye, más que sabe, de dónde venimos, quiénes somos, Sancho tiene los pies en la tierra, en la mugre de nuestro propio origen y a pesar de todo sigue a esa parte loca de nosotros mismos que le promete ínsulas que gobernar, ropas suntuosas que vestir, ascenso a las alturas de los que nos sobrevuelan, de los que están situados en el vértice de la pirámide. El loco que hay en todos nosotros, en el propio Cervantes, lucha en guerras imposibles, cree en mundos ideales y el pobre Sancho advierte, pero no puede o no quiere detener al que promete tan gran futuro, tan grandes aventuras, tan importantes reconocimientos y admiraciones. Ahí estamos todos, con nuestros sueños irrealizables, con nuestra propia e ilusa composición de un mundo que nos ama, que nos quiere, que nos admira, para…finalmente tropezar con esa terrible realidad, con esa dosis insoportable de realidad que convierte al esforzado caballero en un minusválido apresado y luego olvidado que no tiene más remedio, con el brazo que le queda, que contar la verdad.

Y es tan cierto lo que don Miguel escribía hace cuatrocientos años que todavía hoy puede leerse con absoluta claridad. En el Quijote no hay dramas insoportables, no hay tragedias cósmicas, no hay poesía sublime, almibarada. En el Quijote solo hay un hombre que imagina, que sueña, que ama a una inexistente Dulcinea, una mujer sublime compuesta de aire y sueños que ha construido por sí y para sí, y acerca de su naturaleza no admite ninguna duda ni intromisión, como cuando Sancho cree poder convencerle de que una de las aldeanas que se acerca es la sin par Dulcinea del Toboso. Don Quijote no se deja engañar, en esta locura, tú, amigo Sancho, no puedes acompañarme, tú Sancho limítate a ser lo que eres, lo que soy en esta funesta realidad que acabará, bien los sé yo, “bien lo sabe don Quijote”, por reclamar su presa. Y es tan actual, tan contemporánea historia, que de vez en cuando, el bueno de don Miguel se ve obligado a parar y sentarse ante la televisión y entretenerse con historias de pastores locos y enamorados, de cautivos rescatados por mujeres moras, convenientemente convertidas a lo católico, como ahora, cuando tenemos que olvidarnos de nuestras estúpidas pretensiones, de nuestros fracasos reiterados y nos entretienen las modernas historias, bastante más groseras por cierto, de hombres y mujeres enredados, que no enamorados, y desenredados, de hijos no reconocidos, de padres odiados y de unos y otros en círculo televisado para que los que están al otro lado olviden, siquiera por unos momentos las insoportables dosis de realidad que soportan, soportamos a diario.

Eso es el Quijote, eso somos nosotros. Seres compuestos de ideas, en general equivocadas acerca de lo que significamos para nuestros vecinos para nuestras mujeres, para nuestros hijos, para el mundo en que vivimos y de esa parte humilde, la que ve la realidad y nos advierte pero a la que no solo no hacemos caso, sino que arrastramos en nuestras aventuras imaginadas, como única manera de sobrevivir a la insoportable verdad de nuestra triste figura.

Y luego, más tarde, un par de cientos de años después, otra inyección de quinientos centímetros ćubicos de venenosa esencia humana, se escribió Madam Bovary, la misma chifladura definitivamente asentada en una sola persona, Sancho es Charles, el iluso enamorado que solo sabe seguir, acatar , ahora ya sin discusión las extravagancias de Emma.

Don Quijote y Sancho, forman, formamos, después de todo una buena pareja, entre uno y otro pueden, podremos sobrevivir oscilando al compás de los vientos que nos zarandean, el tiempo que proceda, en este mundo de incomprensible locura.

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