HIPERSEXUALIDAD 1

 

 

Que vivimos en un ambiente de sexualidad extrema parece evidente. Se proclama, se induce, se empuja a la práctica sexual como una necesaria liberación  de conductas antaño reprimidas por la religión. El fomento, el  estímulo para el disfrute sexual se proclama  necesario para conseguir  la liberación del ser humano y sobre todo de la mujer  para que todos podamos lograr  sin trabas morales la consecución de un derecho básico, como es el de ser feliz que por analogía se enlaza con el placer sexual.

El sexo, explícito o no, lo invade todo. La televisión programa espacios de concurso en los que los protagonistas, hombre y mujer, deben mostrarse totalmente desnudos, cuando ni siquiera los pueblos indígenas más escondidos en selvas amazónicas o africanas optan, siguiera por un mínimo de autoprotección higiénica, por la desnudez total. Se publicitan playas nudistas y un fotógrafo se hace de oro convocando masas humanas deseosas de posar desnudas. Las series de televisión están protagonizadas por hombres y mujeres de extraordinario atractivo sexual cuyo comportamiento parece en muchas ocasiones absolutamente contradictorio con el mensaje implícito que transmite la serie. Así las protagonistas, aguerridas mujeres de pasarela portadoras de pistola y placa policial, visten ropa extraordinariamente ajustada cuya función es potenciar la apariencia sexual por encima de la profesional. Generalmente persiguen hombres maltratadores y violadores que acaban confesando sus crímenes ante damas furiosas y justicieras que a continuación les envían a la cárcel. El mensaje parece claro, la mujer tiene el poder, tiene el mando de la atávica llamada sexual y lo utiliza como le conviene y cuando ella decide, también parece que el mensaje va dirigido sobre todo a otras mujeres, es como si les dijeran, tranquilas chicas, todo está controlado, podéis lanzaros a la cama con el primero que pase por ahí sin ningún peligro, nosotras somos ahora las fuertes. Pero ¿es esto realmente así?

Más bien parece un sistema urdido por algunas mentes calenturientas adictas al sexo, probablemente mentes masculinas, la mujer me parece a mí que siempre ha sido menos propensa al frenesí sexual que el hombre. Estas mentes parecen decididas a llevar a todo el mundo a su particular visión de las cosas, de la vida, a su extraña manera de entender la felicidad que pasa por convertirnos a todos en una manada de simios humanos completamente histéricos en busca del sexo al precio que sea. Algunos hablan de conspiraciones masónicas, otros de intervención preternatural que busca nuestra destrucción, pero lo que a veces es evidente pasa desapercibido. Un ejemplo; hace poco el actor que daba vida a Frodo en la serie «El señor de los anillos» denunciaba un sistema de chantaje sexual en Hollywood (entendemos Hollywood como el entramado económico financiero que produce películas en todo el mundo, pero fundadamentalmente en USA) que consistía en algo así como «si no aceptas pasar por la piedra, aquí no tienes nada que hacer». «Yo me he librado por los pelos y gracias a mi madre», dijo a continuación.  No hubo demasiada publicidad al respecto, el entramado del cine y de la tv lo domina todo y los magnates al mando de esta industria es posible que controlen o estén todos tan interrelacionados que ninguna cadena de tv y muy pocos periódicos  se atrevan a dar publicidad a estas denuncias.

Hollywood fue desde sus comienzos un territorio sin demasiados escrúpulos. Hubo denuncias, advertencias en los puritanos Estados Unidos de entonces, pero el mundo de la farándula ha acabado haciéndose con el poder. Tienen la capacidad de construir mundos fantasiosos, mundos virtuales y la habilidad de proyectarlos de manera que los espectadores quedan atrapados en millones de sugerencias hipnóticas de las que no pueden evadirse ni siquiera después de abandonar el cine, de inmediato la tv toma el relevo. Para los jóvenes que no conocen los primeros tiempos del cine quizá fuera interesante que vieran la película «Cinema Paraíso» y observaran el tremendo poder de persuasión del cine, de las imágenes proyectadas sobre un tamiz blanco que acabó por cambiar todos los parámetros de comportamiento de la sociedad italiana y también de la española. Cuando nosotros, los viejos de ahora vemos esa película, nos vemos a nosotros mismos en nuestro propio pueblo, al cura y a los cortes estratégicos que evitaban besos y secuencias perturbadoras. Por cierto, nuestro párroco jamás acudía al cine, salvo en Semana Santa y para ver alguna de santos, únicas que podían proyectarse y que, curiosamente,  llenaban hasta reventar el cine. «Santa Rosa de Lima, fray Escoba, Molokay». Eran, para nosotros insufribles comparándolas con las habituales de romanos y del oeste, pero los críos de aquellos tiempos no podíamos pasar sin la película semanal y no nos dejaban otra opción.

Los amos del cine son los herederos de los antiguos y mal vistos «cómicos», repasen también los jóvenes si lo desean «Viaje a ninguna parte», magnífica película española que retrata la realidad de la consideración en que en tiempos no tan lejanos se tenía a los actores. Al propio James Stewart  se le negó en los años cincuenta el acceso al hotel Ritz en Madrid porque la profesión no era respetable, el asunto se solucionó porque además de actor Stewart tenía el grado de oficial de aviación, había pilotado aviones militares durante la segunda guerra mundial.

Pero a la postre, se han hecho con el poder. Los que trabajan y mandan en este particular mundo de fantasía virtual son los que tienen ahora mismo la máxima consideración y credibilidad. Dominan el arte del saber estar en cualquier situación, de la comunicación no verbal, son capaces de construir personalidades distintas y hacerlas creíbles en la pantalla y en el teatro y saben cómo hablar a la cámara y nadie es capaz de saber si hablan en serio o mienten.

Antes, cuando no había cine su poder de persuasión estaba más limitado, pero el cine les convirtió en rutilantes estrellas que encandilaban a millones de personas. Son pues, en este momento, muy influyentes y lo saben. Dejando de lado a los actores, después de todo profesionales del medio, personas singulares, el problema está en el núcleo del sistema, en los que deciden qué hacer, cómo hacerlo y para qué. Y todo parece indicar que se han lanzado a un disparatado cambio de sistema cultural y de valores que están decididos a  aplicar al nuevo orden que pretenden construir.

La idea que los que tienen el mundo del cine y tv en sus manos manejan en su favor es la de que mediante la ficción, mediante las tramas de sus obras cinematográficas, mediante la influencia de sus estrellas consagradas pueden cambiar las cosas, pueden revolucionar el mundo, la historia, incluso pueden construir una nueva sociedad que refleje sus propios valores. Y no se ocultan, de vez en cuando lo muestran en pantalla. Pueden verse estos delirios en una película curiosa «El caso Wells» que narra unas extrañas muertes en un pueblo de la edad media al que llegan unos titiriteros que descubren finalmente que detrás de los crímenes está el señor del castillo, una vez desentrañado el embrollo, para demostrarlo montan una obra teatral, de forma que viendo los pobres habitantes del pueblo lo que en realidad ha ocurrido se lanzan a la revolución, detienen y no me acuerdo ahora si el señor del castillo es  finalmente ejecutado. Escena final, los cómicos se van con sus carros a otra parte, y los liberados gracias a la profesión teatral les despiden emocionados.

Los dardos de Hollywood se dirigen pues, precisamente a la mujer. Necesitan que la mujer se desinhiba totalmente para que todo el mundo acabe revuelto en una orgía absoluta. Pero como digo, no sé si esto es precisamente lo que la mujer estaba esperando para su definitiva liberación, o por el contrario, es lo que interesa a una serie de chimpancés  salidos que no piensan en otra cosa, condición esta de hipersexualidad que acompaña a los varones de la especie y que las mujeres han conseguido controlar a lo largo de la historia. Hasta ahora. Lean a continuación este interesante artículo.

Lo que la cultura del «sexo casual» ha hecho a las mujeres La cultura sexual contemporánea es tóxica para las chicas, y mientras las mujeres no se levanten y reconozcan ese hecho, la desesperanza, la tristeza y las lamentaciones serán la partitura de sus vidas.

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