HIPERSEXUALIDAD 2

(Viajeros del tren nocturno podrá descargarse gratuitamente los días 16 y 17 de Julio).

 

El esquema era sencillo. La Universidad norteamericana era cara por lo que solo podían cursarse estudios superiores si el estudiante era de familia pudiente o si su inteligencia personal le convertía en un superdotado capaz de acceder a alguna beca de excelencia que pudiera mantener a lo largo de toda la carrera. Incluso los hijos de la élite económica estadounidense necesitaban acreditar un mínimo de aprovechamiento académico para poder culminar sus estudios con éxito. El título aseguraba el acceso y disfrute vitalicio del sueño americano que, a falta de espacios abiertos, ya todos ocupados, ofrecía oficinas, despachos, cátedras prestigiosas, laboratorios avanzados, residencias unifamiliares en urbanizaciones de lujo, en definitiva un futuro entre la élite a quienes conseguían licenciarse y doctorarse después en las variadas especialidades que podían cursarse.

¿Cuándo empezó a resquebrajarse el sistema?, quizá fue por la estrecha relación que siempre tuvo el estudio y el deporte en la sociedad anglosajona. No solo se cultivaba el espíritu, sino también el cuerpo. Todo en los futuros dirigentes debía ser pulcritud, disciplina, fortaleza física y mental y ¿qué mejor para conseguirlo que la práctica sistemática del deporte?

La necesidad de triunfar hizo que muchas venerables instituciones rebajaran el nivel requerido, así un zoquete reconocido en la escuela secundaria podía acceder al deporte de élite universitario a cambio de una hábil estratagema, la Universidad en cuestión hacía la vista gorda, o incluso regalaba algunos puntos al supuesto estudiante, si éste destacaba lo suficiente en baloncesto, béisbol o  cualquier otra especialidad para  conseguir donaciones de franquicias deportivas o de simples aficionados que querían ver a sus equipos universitarios en lo alto de las tablas clasificatorias. Ya se sabe, cuando se abre un poco la mano, cuando se trampea y se juega con la mentira, «yo hago como que tú estudias y apruebas, tú me sitúas en lo alto del ranking, con lo que consigo donaciones y luego tú te vas al deporte profesional con título académico vacío de cualquier contenido y todos conseguimos lo que queremos.»

Y luego aparecieron las intolerables discriminaciones por razón de sexo, raza, etc., era inadmisible que solo los ricos pudieran estudiar y como consecuencia de todos estos ajustes, las estrictas universidades de Estados Unidos fueron invadidas por hordas de jóvenes con ideas diferentes a las de sus padres. De la disciplina espartana al porro, al alcohol, a la juerga. Del sagrado respeto a la verdad, a la honradez personal, al honor de la propia institución, a la mentira, a la copia en el examen, a la compra de trabajos a alumnos con menos recursos. Del esplendor en la hierba a la podredumbre creciente.

Y por supuesto, de la corrupción universitaria a la corrupción social. Los chicos de Harvard, los cerebros más destacados decidieron especializarse en ciencias económicas, resumiendo, querían hacerse ricos. El aprendiz de Gordon Geko, el hijo del honrado trabajador de una empresa aeronáutica, aprende del nuevo y admirado triunfador social la forma de destacar en la nueva economía. El asunto consiste trocear la empresa de su padre, la empresa que a él le ha permitido estudiar, vestir traje y corbata y dejar atrás las grasas y el buzo de los trabajadores corrientes, y luego de destrozarla, despedir, vender al mejor postor, trasladar la producción a países con mano de obra abundante y barata.

Este es el secreto, lo que hacían y siguen haciendo los gestores que nos han llevado a la ruina a todos los que ahora vivimos de sueños, de préstamos que algún día habrá que pagar, de mentiras miserables urdidas por estos cerebros de la nueva economía que solo piensan en una cosa, en ellos mismos.

Y entonces, ¿qué hacemos con la universidad, con el sueño ampliado a millones de jóvenes ingenuos que siguen creyendo que el título expedido les permitirá un futuro de película, de serie de televisión? Hay que distraerles, por supuesto, el que se hayan rebajado los requisitos no quiere decir que sean tontos. Lo que hay que  hacer es ofrecerles algo que nunca podrán rechazar, algo que enturbiará sus sentidos hasta el extremo de convertirles en zombis incapaces de pensar, de analizar, de responder al robo, al expolio a que la sociedad USA y por extensión, la sociedad occidental  ha sufrido en estos últimos tiempos de adoración a eso que llaman falsamente «libre mercado» y que en realidad es economía especulativa, de transformación alquímica de cualquier valor sólido en gas económico altamente inflamable y solo conocido y aprovechado por estas élites económicas que nos destruyen.

¿Qué es lo que estos tipos de Harvard se han sacado de la manga para entretener al personal, mientras le dejan en los huesos?

Tom Wolfe ha escrito una serie de novelas que describen con exactitud de observador matemático el proceso de degeneración de la sociedad estadounidense. A continuación un artículo que Wolfe pone como preámbulo a una de sus mejores novelas «Soy Charlotte Simmons». De esta y otras del mismo autor hablaremos en otros «posts», de este blog.

 

Victor Ransome Starling (EE.UU.). Galardonado en 1997, Biología. En 1983, a los veintiocho años, siendo profesor ayudante de Psicología en la Universidad de Dupont, Starling llevó a cabo un experimento con treinta gatos a los que un colaborador y él extirparon la amígdala, una masa de sustancia gris de forma almendrada situada en la parte anterior del lóbulo temporal del cerebro cuya función es controlar las emociones de los mamíferos superiores. Era bien sabido que la intervención provocaba que los animales demostraran estados afectivos impropios; es decir, aparecía aburrimiento cuando debía existir miedo, o se hacían un ovillo en lugar de limpiarse el pelaje, o se excitaban sexualmente cuando nada habría estimulado un animal intacto. Sin embargo los gatos amigdalectomizados de Starling entraron en un estado de excitación sexual hipermaníaco en grado sumo. Los animales intentaban copular con tal frenesí que un gato montado sobre otro era a su vez montado por un tercero, y éste por otro, y así hasta crear cadenas de hasta tres metros de longitud.

Starling pidió a un colega que observara el experimento. Los treinta gatos amigdalectomizados y otros treinta intactos utilizados como grupo de control se alojaban en jaulas situadas en la misma sala, a razón de ejemplar por jaula. Starling empezó a abrirlas para que los animales amigdalectomizados se reuniesen. El primer gato liberado saltó de inmediato sobre el visitante, se le aferró al tobillo con las patas delanteras y empezó a agitar la pelvis convulsivamente contra su zapato. Starling conjeturó que el animal habría olido el cuero y, en plena excitación, confundido el calzado con una animal compatible. Ante aquellas palabras, su colaborador apuntó: «Pero, profesor Starling, si es uno de los sujetos de control.»

En aquel momento se produjo un descubrimiento que desde entonces ha alterado radicalmente la concepción de la conducta animal y humana: la existencia (podríamos decir que generalizada) de «paraestímulos culturales». Los sujetos de control habían tenido la oportunidad de observar a sus compañeros amigdalectomizados desde sus jaulas a lo largo de varias semanas y habían sufrido una inmersión tan absoluta en aquel entorno de obsesión sexual hipermaníaca, que la conducta provocada por vía quirúrgica en los ejemplares operados se había inducido en los demás sin ningún tipo de intervención. Starling había descubierto que una atmósfera social o «cultural» de gran intensidad, aunque fuera tan anormal como aquella, podía modificar con el tiempo las respuestas determinadas genéticamente en los animales sanos. Catorce años después, se convirtió en el vigésimo docente de la Universidad de Dupont en obtener el premio Nobel.

                                                                                         McGough, Simon y Sloane, Sebastian J.R. (ed.):

                                                                                         The Dictionary of Nobel Laurates, 3ª ec., Oxford y

                                                                                         Nueva York: Oxford University Press, 2001, p.512

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s