CONFUSA HISTORIA QUE NOS TOCA VIVIR

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Lo que antes era comunismo ahora se ha convertido en sistema de producción capitalista salvaje sometida al gobierno implacable del viejo sistema marxista.

Y parece que funciona, al menos en lo que podemos ver y oír a través de nuestros cada vez menos creíbles medios de comunicación. China, India, Taiwan, Corea son los nuevos epicentros de la superproducción a precios inigualables. Estados Unidos, Europa y el mundo anglosajón en general, se han convertido en los campeones de la deuda, del déficit estructural, incapaces de remontar un vuelo económico que comenzó a decaer con fuerza en los años noventa, años en los que se desmoronó la Unión Soviética llevándose con ella los muros que habían impedido la expansión del mercado occidental durante décadas.

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DYLAN NO RESPONDE

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Los premios Nobel tenían prestigio. Los premios Príncipe  (Princesa será ahora, se supone) de Asturias son la versión hispana de andar por casa, (en este caso a cargo del erario público, en el anterior los instituyó una fundación privada), los premios hispanos, hecha la advertencia anterior,   pretenden emular a los que otorga desde hace más de cien años la Academia sueca y suelen patinar ridículamente para vergüenza propia y ajena una edición sí y la siguiente también.

 Es tradicional que siempre ha habido una conexión de tipo político o de ajuste a lo que se entiende por políticamente correcto entre los premiados por la Academia sueca. Así si un año se premiaba a un escritor de ideología comunista al siguiente se hacía con otro de tendencia contraria, si un año se llevaba el premio un europeo, al año siguiente le tocaba a un asiático con lo que la institución se hacía acreedora de las críticas y de los parabienes que se compensaban unos a otras dependiendo del año y atendiendo a cuestiones de tipo geopolítico más que a otras estrictamente literarias. De hecho cuando se premió a un escritor chino nadie por estos pagos tenía la más mínima idea de quién era ni del tipo de literatura que hacía y actualmente ni siquiera recordamos el nombre,  como es lógico suponer les ocurrió a los habitantes del antiguo celeste imperio cuando se premió al señor Cela.

 En el principio fue la palabra, y la palabra es composición sónica que describe objetos, sentimientos, sucesos…la palabra es, por tanto, algo más que simple comunicación, es creación, es lógico desenvolvimiento de un idioma que por procedimientos complejos, en muchos casos incomprensibles, crea el pasado, el presente, el futuro y se permite elucubrar acerca de hipotéticos sucesos anteriores y sus consecuencias en caso de que se hubieran producido aún siendo imposible la comprobación de tales supuestos. El idioma, el conjunto de palabras siempre dispuestas para su utilización siguiendo reglas lógicas de composición tiene su máxima expresión, de momento, al menos eso creíamos hasta ahora, no en el discurso oral improvisado o en el ajuste del estribillo al ritmo musical, sino en el extraordinario proceso de pensamiento, escritura, corrección, búsqueda incansable de nuevas formas de expresar lo que ya está escrito para ajustar mediante el método de prueba y error el mensaje al profundo significado que el autor imagina.

 Pues este año han premiado a Dylan, un cantante de origen judío del que siempre se ha oído hablar en España y en todo el mundo por el poder de los medios de propaganda norteamericanos y sus acólitos europeos más que otra cosa, pero al que aquí no se le ha seguido demasiado por aquello de que los cantautores solo son plenamente comprendidos en sus países de origen o por aquellos que comprenden el idioma en que se expresan.

Hay mucha gente que no está muy conforme con el premio otorgado; siempre se ha premiado a gente que escribe y Dylan que parece que también escribe sus canciones, es, antes que escritor, cantante. De todas formas, también aquí en España se premió  a otro trovador norteamericano, en este caso al canadiense Leonard Cohen en la modalidad de literatura. Si el premio de Dylan es controvertido el que se otorgó a Cohen era absolutamente injustificable, puesto que se unía el disparate  del premio literario a un intérprete de canciones cortas con la justificación de que escribía e interpretaba poemas al hecho incomprensible de que se premiara a un anglosajón al que muy pocos entendían, toda vez que en España e Hispanoamérica un tanto por ciento elevadísimo de la población no habla, ni entiende y mucho menos le interesa el cantante Cohen y tampoco demasiado el cantante Dylan. Con el problema añadido de que si a los escritores se les traduce y pueden ser entendidos y valorados a través de sus traductores no suele ocurrir lo mismo con los cantautores puesto que la letra está totalmente subordinada a la melodía y al ritmo musical.

Sin embargo la Academia sueca debe tener algún motivo  para premiar a este señor cuyos méritos, con ser muchos probablemente, no parecen los más adecuados para llevarse el gordo de los premios literarios anuales. Y es que la Academia sueca siempre premia con arreglo a intereses que al común de los mortales se nos escapan y que suelen estar bendecidos por ese algo misterioso que a la provecta institución interesa.

Lo que es un misterio es precisamente el interés que puedan tener los académicos en el señor Dylan y lo que representa, y algo debe haber sobre esta cuestión, de eso no hay duda. Lo evidente es la formidable repercusión mediática que el premio y su posible rechazo está teniendo en el mundillo literario y propagandístico en general.

 De todas formas tampoco hay que escandalizarse demasiado,  como su nombre indica el premio Nobel no deja de ser eso, un premio, una lotería en la que con determinadas papeletas, haber escrito unos cuantos libros y ser avalado por un grupo de personajes relevantes da derecho a tener unas cuantas en el bolsillo, con esas papeletas, insisto, quién las tenga puede ser agraciado con la chochona, cuestión de suerte después de todo.

 El problema será que, si bien antes el reparto de boletos estaba restringido a prestigiosísimos escritores e intelectuales ahora el acceso se abre a todo un mundo de posibles interesados, saxofonistas, pianistas, presentadores de noticias, intérpretes de anuncios de televisión, guionistas publicitarios de marcas diversas, desde dentífricos hasta jabones de lavadora, y cuantos etcéteras relacionados, aunque sea levemente con el mundo de la palabra escrita, podamos imaginar con lo que las posibilidades desbordarán las previsiones de la antes prestigiosa y austera Academia y ahora refulgente y colorista tómbola sueca.

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