EL REINO: EMMANUEL CARRÉRE

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«EL REINO». Emmanuel Carrére. La crisis de «no fe» de un ateo racionalista.

Hubo un tiempo en que  Francia iba bien, era un país agradable que trataba de olvidar la última gran guerra. Despegaba la economía francesa como el elegante reactor supersónico Concorde. Emmanuel Carrére nació en el año 1957 y creció por tanto en los años sesenta en pleno desarrollo de la magnífica sociedad francesa de la abundancia y del hedonismo.

En el 68, a sus once años percibiría, se supone, los ecos de la gran revolución de los adoquines que acabó sucumbiendo a la lógica de un país que no se iba a convertir en comunista, porque el bienvivir se había instalado en la nueva Francia tutelada por el bloque occidental de la libertad de mercado y el sistema parlamentario.

No obstante siempre quedaba, quedaría, es de suponer también, en los jóvenes de entonces, esa pulsión genética que busca el cambio sea éste el que sea, una revolución que acabe con la injusticia y traiga a este mundo la paz, el amor, la justa retribución al trabajador, en definitiva la felicidad celeste que en las mentes apasionadas de los jóvenes no debe dejarse para los oscuros e inciertos pasajes de la ultravida.

Carrére es un hombre de extraordinario talento, un intelectual progresista que en su juventud pasará a formar parte de esa clase media cultivada, bien asentada en un trabajo creativo y remunerado como corresponde a las élites francesas que se están abriendo paso cabalgando sobre las olas del desarrollo económico  en la segunda mitad del siglo XX. Carrére no es un hombre rico en el estricto sentido de la palabra, sino un hombre bien situado, sólidamente instalado en la clase media,  con una ocupación respetada y una familia a la que es capaz de proporcionar todo aquello que a través de su condición de creador de guiones televisivos puedan necesitar. Sin embargo hay algo que Carrére no tiene, no consigue.

 Escribir exitosos guiones, trabajar para una cadena importante de televisión, puede, y él lo reconoce, ser sinónimo de triunfo, algo con lo que sueñan muchos licenciados universitarios, pero en su caso es solo un medio de vida, un trabajo para atender las obligaciones como esposo, como padre.

Carrére quiere, desea, necesita por encima de todo ser…escritor. Escribir libros, obras de éxito, textos como los que pueblan los escaparates de las librerías. Quiere ser un autor de prestigio, requerido por las editoriales, por los programas de radio y televisión para comentar la última creación, ser un autor que presenta sus últimos trabajos ante centenares de personas que luego desfilan con un ejemplar para que él lo firme. Pero los deseos del talentoso guionista chocan con los treinta años, esa edad en la que un hombre debe haber triunfado, encontrado el camino en la vida, chocan con los nuevos contratados por la empresa de televisión para la que trabaja, jóvenes ambiciosos de apenas veinte años que se permiten exigirle, contrariarle, corregirle, chocan con un matrimonio que se tambalea, con un escritor que no tiene nada que contar, perdido ante el folio en blanco, desesperado ante la falta de inspiración.

Y entonces, desarbolado por un futuro que ve negro como el interior de un túnel ferroviario, intuye que al otro lado, cuando por fin vea la luz  que pone punto y final al trayecto oscuro y perdido que recorre en ese momento, solo le espera la palabra «fracaso», lo que, una vez salga del túnel que le abruma, le convertirá en el modelo de hombre que sobrevive mejor que bien, mejor que la mayoría de sus congéneres  en los países desarrollados de occidente, es decir, se transformará en un mediocre e insípido habitante de un barrio residencial  formando parte del rebaño acomodado que gasta su tiempo sin mayor aliciente que la organización barbacoas familiares los fines de semana, control y cuidado de hijos adolescentes, comidas en afamados restaurantes, visitas a tiendas de moda, encendidas tertulias políticas crepusculares… En resumen, uno más, alguien que pasa desapercibido en el tranquilo mar de la sociedad hedonista de estos tiempos.

Lo que para otros sería una vida más que deseable, para Carrére es el más absoluto de los desastres. Y es entonces cuando acuciado por ese negro transitar hacia la derrota inapelable decide buscar ayuda.

 Por un lado  terapia psicológica, y a este respecto no puedo evitar referir una visita desesperada a un psicoanalista ya anciano al que aborda con la violencia del chantaje. «Necesito que usted me ayude, me trate, porque si no lo hace en cuanto salga de aquí me suicido».

El doctor se niega, «no me queda tiempo ni ganas de emprender  terapia semejante», Carrére, atribulado por la respuesta se dispone a marchar y entonces, cuando tiene una mano en el picaporte, el viejo psicoanalista le dice: «la verdad es que el suicidio tiene muy mala prensa, pero en su caso es posible que sea una buena solución».

Perplejo, Carrére no sigue, por supuesto, semejante consejo y acude a una vieja amiga de la familia, una mujer de profundas convicciones católicas, guía espiritual que dirige un grupo de creyentes y practica el yoga como modo de abordar el mundo de lo espiritual y él se dispone a convertirse, en realidad a reconvertirse puesto que a efectos administrativos ya es católico, ha sido bautizado e inscrito en el libro de los pertenecientes a esa gigantesca multinacional de lo religioso dependiente del Vaticano.

Bajo la tutela de la mujer trata de ser un ferviente católico, un convencido seguidor de ese individuo un tanto misterioso que habitó Palestina hace ya dos mil años; pero no es ingenuo, y su guía le previene y él acepta, «al final de este camino solo está la cruz», es decir la derrota, el fracaso asegurado del que sigue al gran vencido, humillado, reducido su cuerpo a pulpa sanguinolenta que dicen fundó la Iglesia Católica. Quiere salvar su matrimonio al precio que sea, quiere cumplir con la responsabilidad que ha asumido y quiere ayuda para el camino de fracasado que emprende porque está convencido, sabe con seguridad que la causa principal del bloqueo como escritor es un matrimonio que no termina de funcionar, un matrimonio fallido cuya responsabilidad le abruma.

Seguirá los consejos de la guía espiritual, examinará su vida a la luz de la fe encendida que le abrasa con el fulgor del que descubre y se entrega a la suprema verdad y dedicará todos los días un tiempo a leer, meditar, estudiar el evangelio más místico, más teológico, más intelectual, el de San Juan.

Intenta seguir con fidelidad los consejos evangélicos, ayudar a los necesitados, ser caritativo y como se resiste a que todo quede en  teoría mística,  acoge en su casa a una mujer perdida en los avatares de la vida, una mujer que luego resulta ser una persona conflictiva con la que la convivencia es imposible, incluso peligrosa. Es una anécdota, algo que finalmente acaba bien, pero que pudo acabar de otra manera, algo que pone de relieve la dificultad de vivir el evangelio en su estricta plenitud, un formidable obstáculo en el camino emprendido. Pero él está decidido, sigue adelante en el empeño  de una vida entregada a la fe, al Cristo de los evangelios.

Además, curiosamente, sigue buscando la ayuda psicoanalítica, acude a una terapeuta.

Acerca de esta cuestión no es muy explícito, pero sin duda un hombre de su formación debía saber que no hay nada más contrario a la fe religiosa que el psicoanálisis. Si para el católico el Dios creador existe fuera de la mente y se manifiesta a lo largo de la historia al pueblo de Israel y luego, finalmente, se encarna como hombre verdadero en la figura de Cristo, para el psicoanalista no hay nada externo al hombre, el Dios de los cristianos es solo una elaboración mental, una extrapolación, no es otra cosa que el padre todopoderoso, justo y sabio que todos los niños construyen inconscientemente y al que dotan  de las virtudes más perfectas, pero que en el fondo solo es imagen prefabricada  del pobre hombre que tienen por jefe de la familia.

En definitiva una creación subjetiva, personal que no tiene mayor ni menor importancia que los males que semejante construcción fantástica puede provocar en las mentes más influenciables en forma de represiones sexuales, frenos y diques cerebrales fortísimos que en muchas ocasiones anulan al paciente. Figura ésta, la del padre, el gran castigador que debe ser reconvertida, transformada a lo largo de las sesiones psicoanalíticas. Carrére advierte a la terapeuta, «no voy a aceptar que la terapia cuestione mi fe católica», « ¿por qué ha de hacer usted un problema de eso?, puede usted seguir siendo católico y al mismo tiempo psicoanalizarse», le responde ella. Cuestión zanjada, hasta cierto punto al menos.

Porque en Carrére siguen fluctuando, pulsando los anteriores deseos, ahora sofocados por las fuerzas místicas en las que se ha sumergido. Acude a una librería en busca de un libro religioso con la firme promesa de no detenerse, de no recaer en la tentación. Ya tiene el libro, lo paga y se dispone a abandonar la tienda, pero algo le retiene, (el fulgor del anillo forjado para dominarlos a todos), la mesa sobre la que reposan las novedades literarias, las novelas, los libros de brillantes portadas con títulos destacados, el nombre del autor y en la contraportada, fotografía y resumen biográfico, títulos universitarios, experiencias vitales, hechos trascendentales en la vida del escritor; justo lo que él anhela, lo que él desea, lo que ha intentado esconder bajo capas de fervor religioso.

Y ahora Carrére, tantos años después recuerda, y en alguna parte de su libro dice algo similar a esto: «en aquellos años turbulentos hubiera vendido mi alma al diablo para triunfar, pero éste no la quiso y entonces la entregué a Dios a cambio de nada.»

Pero el Carrére que ahora nos habla no es ya el hombre torturado por la lucha interior entre la ambición literaria y el deber de cuidar, de salvar el tambaleante el matrimonio y la familia. Ya ha triunfado, ha conseguido lo que tanto quería, ha escrito varios libros, novela histórica podría decirse, biografías noveladas de individuos singulares, entre ellas «El adversario», otro descenso al mundo de lo incomprensible; y ahora se dispone a escribir «El Reino», un formidable, titánico, cruel consigo mismo, autoanálisis que desde el Olimpo del escritor consagrado  Carrére  emprende con la intención de responder a una pregunta.

¿Cómo es posible que yo, un intelectual racionalista, un hombre centrado en la realidad palpable, comprobable, evidente, poco dado a la evasión fantasiosa por los mundos de lo espiritual acabase convirtiéndome en un fanático religioso, en un creyente en algo tan increíble, tan imposible como que el Dios creador acabara enviando al Hijo para que se encarnara mediante algo similar a una fecundación milagrosa obrada en una virgen, en hombre verdadero para finalmente destinarlo a un cruel sacrificio como necesario pago de ignotas deudas contraídas por el género humano para traernos, llevarnos, después de su muerte y resurrección al Reino?

Y esta es la parte principal del libro. Una parte extraña, curiosa, porque Carrére no se limita a abjurar, avergonzarse, arrepentirse de aquellos dos años aproximados de veleidades espirituales. Dos años en que renegó de sus increencias, dos años de terrible crisis de no fe en un ateo convencido,  sino que parece sentir la necesidad de justificarse, de demostrarse a sí mismo y a los propios lectores que la decisión que finalmente tomó, poner fin a un matrimonio inviable y lanzarse definitivamente a la creación literaria abandonando la histérica práctica religiosa, era necesaria, estaba justificada porque los evangelios, los libros que hablan de Cristo, no son verídicos, al menos no en los términos en que están escritos, son más bien la elaboración de comunidades primitivas autoconvencidas que ponen por escrito lo que creen honestamente que pasó, pero no lo que en realidad pasó.

Para Carrére la Iglesia Católica que conocemos no la funda el Cristo de los evangelios y lo que se cuenta de Él no es verdad, no puede ser verdad, ninguna mente racional puede aceptar la génesis espiritual del Cristo, el Dios Hijo sin madre en los cielos, el Dios hombre sin padre en la tierra.

Y Carrére, el ateo convencido comienza su particular análisis de la historia cristiana. Sostiene que el fundador reconocido de la Iglesia Católica tal como es en la actualidad fue un extraordinario personaje que no conoció a Cristo. Saulo, Pablo de Tarso, judío con título de ciudadanía romana heredada del padre que debía ser un contratista que suministraba diverso material a las legiones que en reconocimiento a sus servicios le otorgaron la ciudadanía.

Pablo aparece en esta historia como un judío ortodoxo y radical. Debía ser muy joven cuando guardaba las túnicas de los que apedrearon al primer mártir cristiano, San Esteban, y debía estar poseído del fanatismo que llevaba a los judíos a enfrentarse con el mundo para defender la fe tradicional del pueblo hebreo en el  Dios bíblico.

Cristo era para ellos un hereje, los cristianos debían ser expulsados del judaísmo tradicional porque sostenían que las promesas mesiánicas ya se habían cumplido y eso era inaceptable, el Mesías que ellos esperaban era un líder triunfador alguien bajo cuya autoridad el pueblo elegido acabaría imponiéndose a los enemigos, todo lo contrario de un pobre hombre ignominiosamente ajusticiado. Pablo, busca, denuncia, hace detener a los cristianos, es un agente de policía entregado fanáticamente a una  misión.  Entonces ocurre algo, va camino de Damasco y una visión fulgurante, una luz cegadora le invade, escucha una voz, — Pablo, ¿por qué me persigues?, — ¿quién eres? —pregunta a su vez.

Y el Cristo resucitado le revela su identidad, su verdad y lo que de él espera. La historia de la Iglesia, del cristianismo comienza en ese mismo instante. Pablo de Tarso es un viajero incansable que funda iglesias, agrupaciones de cristianos en diversas ciudades del imperio romano. Su predicación, el mensaje paulino es estrictamente cristiano, mientras que la idea que manejan los apóstoles que han conocido a Cristo, es más judía, ellos creen que el Mesías ya ha sido enviado y eso no implica una ruptura con el judaísmo tradicional, sino el cumplimiento de la antigua promesa, por tanto siguen siendo válidas las estrictas prácticas formales del pueblo judío, la circuncisión sobre todo y determinadas convenciones acerca de la comida que deben seguir respetándose. Los apóstoles  a cuyo frente se sitúan dos personajes importantes, Pedro el presunto cabeza de la Iglesia y sobre todo el identificado como hermano carnal de Jesús, aunque la Iglesia matiza esta afirmación a fin de mantener la fe en la virginidad perpetua de María, Santiago que no parece que en principio fuera un seguidor de su hermano, pero al que se aparece después de resucitar y que se convierte en uno de los puntales de la nueva religión hasta el extremo de morir ajusticiado en defensa de la fe en su hermano.

Carrére contrapone estas dos visiones de la nueva religión acudiendo a analogías con similares controversias en visiones políticas contemporáneas, se inspira para ello en las divergencias históricas entre distintas tendencias dentro del marxismo, leninismo, stalinismo, anarquismo, troskismo, etc.

Los primitivos cristianos se interpretan así  como miembros de un nuevo partido político emergente, de una nueva cosmovisión que busca asentarse sobre bases sólidas en las mentes de los nuevos militantes.

Triunfa la visión paulina finalmente, la nueva Iglesia rompe con la génesis judía  y comienza a discurrir por su propio camino, aunque bien pudiera haber ocurrido  que el judaísmo acabara expulsando sin remisión posible a aquellos  que se consideraban hijos del Israel histórico que siguen al que en verdad da cumplimiento a las antiguas promesas de Yavhé o Jehová.

Para Carrére Pablo es un personaje apasionado creador de algo distinto, antagonista de los que en realidad conocieron a Cristo, pero con los que finalmente tiene que llegar a algún tipo de acuerdo en el Concilio de Jerusalén, Concilio éste presidido por Santiago que en en principio no creía en su hermano, pero al que ve resucitado y a partir de ese momento se convierte y se transforma en un extraordinario guía de la nueva religión, capaz de llegar  y consensuar acuerdos lógicos con Pablo y su política de expansión religiosa ateniéndose solo a la fe en el resucitado, abandonando definitivamente el anclaje con el judaísmo tradicional.

Según Carrére los Hechos de los Apóstoles, se escribieron antes que los evangelios, cuyo relato habría entonces quedado influido, incluso viciado por la necesidad de adecuar la biografía del fundador a lo que constituía ya el fundamento de la teología que Pablo había predicado. Para sostener esta afirmación sostiene que el documento Q nunca ha existido, cosa en la que discrepan historiadores prestigiosos. Pero Carrére lo rechaza y ese rechazo cuestiona, según él, la historicidad de los relatos acerca de Cristo.

Y entonces, ¿los evangelios?; Carrére se fija primero en Lucas al que identifica como alguien parecido a él mismo, una suerte de investigador periodístico poco dado a las discusiones apocalípticas en las que se ve envuelto su mentor Pablo de Tarso. Si Pablo es el apasionado valedor del Cristo Dios resucitado, capaz de enfrentarse con auditorios hostiles aun a costa de resultar gravemente apaleado defendiendo la verdad que predica, Lucas, por el contrario, solo es el seguidor seducido por la potente personalidad de Pablo. Él cree en Jesúa, desde luego, está convencido también, pero busca hace más de dos mil años como lo hace ahora el buen periodista que es Carrére, (Carrére se identifica de alguna manera con Lucas), testimonios de aquellos que habían conocido al Maestro. Según Carrére, Lucas emprende por su cuenta  las entrevistas que darán lugar a parte del evangelio lucano mientras Pablo está detenido en el palacio del procurador romano cuyos soldados le han salvado de un seguro linchamiento. Según el historiador César Vidal, es Pablo quien estando efectivamente detenido, encarga a Lucas la recopilación de testimonios de todos aquellos que todavía viven y conocieron a Jesús de Nazaret. Y entonces, si Lucas es un intelectual como el propio Carrére, si lo describe como un investigador honesto, ¿cómo descartar la historicidad del evangelio lucano?

Aquí entran en juego las premisas de las que el autor parte y de las que parten la mayoría de los que cuestionan la historicidad de los evangelios.  Lo que cuentan es tan increíble, tan imposible, tan contrario a cualquier análisis racional, que simplemente no pudo ocurrir y solo queda entenderlos en el ámbito territorial, temporal y espiritual en que tuvieron lugar los hechos.

 ¿Las curaciones milagrosas?, sin duda Jesús debía ser un hombre singular, alguien dotado de una aplastante personalidad capaz de sugestionar con fuerza a quienes se acercaban a él, los enfermos se curaban porque creían que Él tenía poder para ello, autosugestión, ¿los demonios que expulsaba?, probablemente los endemoniados eran enfermos mentales sobre los que ejercía alguna terapia de autoconvencimiento que ahora conocemos como autoayuda.

¿Y la historia de María y su concepción virginal?, probablemente Lucas se acercó y entrevistó a la madre de Jesús que por entonces, (sobre diecisiete años cuando nació su hijo, cincuenta cuando Él murió, más treinta que habrían transcurrido), debía de ser una anciana de ochenta años que habría quedado seducida, como Santiago el hermano, por las historias que contaban de Él. ¿Eran ciertos los recuerdos de la concepción virginal?, ¿o por el contrario, se trataba más bien de una elaboración posterior, una fantasía construida por la mente de una mujer destrozada en lo más profundo de su ser  por el terrible final que soportó Jesús, para de esa forma adecuar su alma, su pensamiento, a la grandeza que toda madre desea para sus hijos y de la que daban testimonio los que le habían conocido?, porque Carrére a lo largo del libro insiste en ello y los propios evangelios hablan de una relación conflictiva de Jesús con la familia cercana. Así, por ejemplo…

En el evangelio de San Marcos puede leerse: «Vuelve a casa (Jesús). Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él pues decían: “Está fuera de sí”.»

Más adelante en el versículo 31 a 35:

 Llegan su madre y sus hermanos y, quedándose fuera le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: “Oye, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan.” Él les responde: “Quién es mi madre y mis hermanos”. Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: “Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.”

 Entiende pues Carrére que los recuerdos de la anciana pueden ser ficticios, ella creía lo que decía, pero en realidad solo se habrían generado en su imaginación una vez que las historias acerca de su Hijo se extendían cada vez con mayor intensidad.

 Hay un momento en que Carrére dice: «A estas alturas los lectores se preguntarán si soy o no, creyente, católico». «La respuesta es, no, y eso debe quedar claro, soy ateo, no creo que Cristo resucitara». Y a este respecto añade una cita personal según la cual un erudito sacerdote católico le dijo que el evangelio de San Marcos, el más escueto, no acababa en su redacción original con la resurrección de Cristo, sino antes, con la muerte en la cruz. La Resurrección que se relata en este evangelio sería entonces un añadido posterior.

 Son por tanto los evangelios para Carrére, textos poco creíbles, contradictorios en ocasiones, con frases o parábolas atribuidas a Cristo que resultan ilógicas, que sentencian auténticas injusticias.

 Pone como ejemplo de estas incongruencias la parábola del patrón que contrata trabajadores para la viña. A unos les ofrece trabajo y salario por la mañana y ellos aceptan, a otros por la tarde y les paga el mismo salario. Los primeros protestan pues se sienten tratados injustamente y el dueño de la viña les dice: « ¿de qué os quejáis, acaso no os he pagado lo convenido y aceptado por vosotros?»

 El pasaje bien podría aludir a esa relación personal, siempre distinta que Dios establece con cada ser humano, pero al margen de estas interpretaciones, a Carrére éste y otros pasajes de difícil comprensión le sirven para insistir en la poca credibilidad de los textos evangélicos.

 Así pues, el Reino de Carrére es una interpretación, una tesis desde el punto de vista de un ateo que ha recuperado su no fe, tesis objetiva que desacredita definitivamente el cristianismo y por ende, el catolicismo.

 Para Carrérer Pablo es un político apasionado que según algún erudito carecía de la inteligencia y la capacidad necesaria para convertirse en un gran Rabino, (se supone alguna suerte de rechazo de la aristocracia intelectual judía hacia Pablo), por lo que éste, resentido, se reconvierte en furibundo defensor del gran enemigo del judaísmo tradicional.

 Los evangelios, además, son textos sospechosos, poco claros y en algunos pasajes contradictorios.

 Solo queda para el desmantelamiento absoluto de la fe católica un último reducto escondido en los textos bimilenarios. La Resurrección, la clave fundamental para entender el catolicismo, (si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe), dice San Pablo. Para Carrére, en Marcos es un añadido posterior y en los restantes evangelios el relato es poco convincente.

 Así, según Pablo, Cristo se apareció a quinientas personas después de su muerte, pero no aclara cuándo ni cómo. Los evangelios relatan fundamentalmente tres apariciones, singularmente a María Magdalena cuando va la tumba después del día judío de precepto para embalsamar el cuerpo de Cristo y se encuentra con el sepulcro vacío, busca desesperada y entonces …(15Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú le has llevado, dime dónde le has puesto, y yo me lo llevaré. 16Jesús le dijo: ¡María! Ella, volviéndose, le dijo en hebreo: ¡Raboní! (que quiere decir, Maestro). 17Jesús le dijo: Suéltame porque todavía no he subido al Padre; pero ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios…).

  «No me toques que todavía no he ido al Padre». El Cristo resucitado ha cambiado, es distinto, en un primer momento no le reconocen, «no le reconocíamos pero sabíamos que era Él», dicen los pescadores en la parte final de Juan.

 « No me toques…» que los malpensados suponen es una apartamiento voluntario de la seductora Magdalena, y que desde otro punto de vista parece que el cuerpo del resucitado requiere todavía algún proceso para su plena recomposición, cosa que ocurrirá cuando vaya al Padre.

 Pero estas argumentaciones, propias de un creyente condicionado no convencen a Carrére. Descarta la veracidad de los evangelios imbuido del racionalismo intelectual que se ha apoderado del mundo contemporáneo.

 No deja de haber algo turbador en las historias del Cristo martirizado y luego vuelto a la vida, en la curiosa relación que el Dios hombre establece con los discípulos, en el impresionante Sermón de la Montaña, en la piedad para con los pecadores, en la fuerza terrible del que se enfrenta con los poderosos del mundo, pero después de todo, para Carrére son relatos antiguos, probables reelaboraciones de una historia de la que Pablo, el apasionado fundador de iglesias, es el mayor responsable.

 Queda pues, así, el ateo convencido eximido del gran pecado de haber perdido la no fe durante dos años. Nada hay fuera de la mente del hombre, estamos solos y somos, como dicen los científicos evolucionistas, únicamente casualidad bioquímica. Resultado de millones de años de evolución desde nuestra primitiva condición de bacterias venidas a la vida como consecuencia de la caída de algún rayo sobre la primera sopa química de carbono y algunas otras sustancias que por casualidad se habían reunido en la proporción adecuada. La muerte… según un físico destacado, algo parecido a cuando se apaga el ordenador.

No obstante, muchos…seguimos creyendo.

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