MADRID EN BICICLETA

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Parece que:

AQUÍ

Y también AQUÍ

Quizá no sea así, pero lo parece. No quieren que el común de los mortales tenga coche y si lo tiene, al menos que no se atreva a usarlo.

De momento les interesa, por los impuestos, por las multas, por el control, por la cantidad de funcionarios y trabajadores  que dependen del vehículo. Entre otros: agentes de tráfico, profesores de autoescuela, burócratas que expiden permisos de conducir, psicólogos y médicos que revisan la adecuación física de los conductores, examinadores de aspirantes a conductores, empleados de aparcamiento, empleados de ORA, empresas subcontratadas de grúas,  agentes municipales de tráfico, etc., un muy, muy largo etc.

Los propietarios de vehículos sostienen un tinglado de fábricas, agencias, ITVs, y otras empresas a través de: compras directas de vehículos particulares, tasas e impuestos de las compras correspondientes, tasas e impuestos de las ventas de vehículos de segunda mano, multas y sanciones, pérdidas y recuperaciones de los puntos adheridos al permiso de circulación que cuestan lo suyo y a pesar de todo, Carmena corta el tráfico de la Castellana.

No digo que sea por lo que escribo a continuación, pero… quién sabe. Y es que hubo un tiempo en que no todo el mundo tenía coche, no hace tanto, yo lo he visto, lo he vivido.

Tenía coche, un cochazo entonces, con conductor a cargo, de nombre Agapito, nombre éste muy corriente entre los chóferes de personas importantes, VIPs de hace unos cincuenta años…perdón por la digresión, sigo; digo que tenía coche en aquellos años que se van perdiendo en la memoria, que muchos de los que viven no conocieron, ni siquiera son capaces de imaginar, pues… eso, el gerente de la fábrica del pueblo y  para de contar. El vehículo era nada menos que un SEAT 1500 de color negro brillante y cromados metálicos también brillantes al que Agapito lavaba tres veces por semana y sacaba brillo tres veces todos los días. El 1500 en cuestión circulaba en solitario por las carreteras de entonces, compartía asfalto, más bien expulsaba a base de bocinazos a las recuas equinas, seis enormes caballos que los pastores cargaban con vituallas para un mes  y que transitaban desde el pueblo hasta la sierra a ritmo acompasado por el golpeteo de las pezuñas herradas sobre el asfalto que luego, esto también hay que decirlo, dejaban perdido de trecho en trecho con las boñigas. Las bostas caían en riguroso orden, emitían un penetrante olor dulzón y atraían de inmediato enjambres de moscones azules  cuyo  zumbido furioso servía de alarma para no meter la pata.

El 1500 tenía preferencia, por supuesto, Agapito tocaba la bocina y la caballería se pegaba al arcén y desde la altura de aquellos percherones los pastores observaban admirados la velocidad con que el gerente iba y venía de un lado para otro.

Era aquél un tiempo de bicicletas. Las bicicletas no solo eran para el verano, también para el invierno, de hecho era lo único, junto con el autobús,  que había más allá del caminar a cualquier sitio al que uno quisiera ir.

Luego aparecido el Ondine, un Renault de color crema, éste lo compró el panadero, el mismo que también compró una de las primeras televisiones del pueblo. Probablemente fue la segunda, ya antes el tabernero cuyo nombre omitiré, adquirió y utilizó a modo de publicidad para el negocio una pequeña televisión en blanco y negro que colocó sobre un soporte de madera a una altura más que suficiente para que pudiera verse desde cualquier rincón del local.

El poder adquisitivo del panadero quedaba por entonces muy por encima  del común de los habitantes del pueblo y todo el mundo se apartaba en cuanto escuchaba la bocina, se apartaba para dejarle pasar si circulaba y se apartaba para que pudiera aparcar en cualquier sitio que se le ocurriese si dejaba de circular. Poseer semejante artefacto elevaba la condición social del panadero, aparcar, requerir que cualquiera se apartase para dejarle paso era un derecho no escrito  que se adjuntaba a la propiedad del coche. Las personas poderosas tienen privilegios que el común de los mortales no suelen discutir.

Los demás solo aspirábamos a la bicicleta y un poco después, al compás del desarrollo económico, a la Mobyllete o a Vespa. La Vespa era un lujo, dieciocho mil pesetas costaba, sobre unos cien euros al cambio actual.

Y con el tiempo pasamos al SEAT 600, al SEAT 124, Renault 4, 6, 12, 18, Citroén 2 CV. Citroén Dyane 6 y algunos llegaron hasta el Citroén Tiburón, y ahora, todo el mundo tiene coche y eso…, eso no se puede consentir. Soraya aparca donde le parece para hacer la compra porque es una persona importante, Esperanza Aguirre también, en general los políticos, como lo científicos  que pusieron en marcha Jurassik Park, no se preguntan si deben, sino si pueden.

El asunto es ahora como era entonces, cosa de poderosos. Y los de la izquierda, siempre atentos, siempre admirados (en la intimidad, por supuesto), de los privilegios de que disfrutan  las clases sociales elevadas, vuelven, como tienen por costumbre a despejar desagradables obstáculos. Se ocupan de prohibir la circulación de vehículos, después de expoliar a base de multas, tasas e impuestos a los sufridos propietarios que se ven obligados a dar lentos y aburridos paseos de ir y venir en calzadas inmensas custodiados por vallas y policías, como las ovejas que en aquellos momentos del SEAT 1500 solitario, tenían que atenerse a lo que los pastores estimaban límites del derecho a saltar locamente de un pastizal a otro.

Libertad sí, pero no libertinaje, como decía el difunto general. Volvemos pues, a lo mismo, ahora de la mano de  la izquierda que siempre progresa y va hacia delante, eso dicen. Parece que es por la contaminación, el cambio climático y esas cosas,  y también  por el derecho a recuperar las vías de comunicación para viandantes, manteros descontrolados, patinetes, titiriteros, “runners” y demás.

También  han diseñado carriles bicis, trampas mortales para ciclistas que se creen con derecho a circular tranquilamente por los caminos construidos para ciclistas, carriles que con frecuencia desesperante usan, dejando las aceras contiguas libres, peatones despistados, peatones con carros de la compra, peatones que arrastran maletas con ruedas, skaters zigzagueantes, parejas de corredores que avanzan en paralelo entretenidos en simpáticas conversaciones, todos ellos acostumbrados  a respetar, por la cuenta que les trae, solo las calzadas por las que circulan coches. Trifulcas aseguradas.

Lo de los carriles bicis, dicen que es para que la gente haga ejercicio y se eviten los colapsos cardíacos que tanto quebranto causan al sistema nacional de salud, pero los mal pensados creemos que es una estrategia malévola. Se trata de que sigamos comprando coches, de que adquiramos el lote completo que incluye obligatoriamente una plaza de parking, perdón, solo venden el  derecho de uso de una plaza de parking para cincuenta años, de que paguemos coche y plaza a precio de oro y de que luego, una vez que nos han extraído las cantidades correspondientes, dejemos el coche aparcado durante los cincuenta años, sin moverlo, excepto para pasar las preceptivas ITVs.

¿Y todo esto para qué? Ya digo que los intelectuales de la cosa de izquierda  hablan de contaminación, de calentamiento global, de recuperación de espacios urbanos y demás justificaciones que en el fondo, sospechamos algunos; ya se sabe que siempre hay gente recelosa, individuos en desacuerdo con todo,  vecinos recalcitrantes, compañeros de trabajo tóxicos, pesimistas biológicos; sospechamos digo, que lo que quieren es que volvamos a la bicicleta como mucho para que las clases privilegiadas de siempre, es decir la gente de apellido ilustre, con pedigrí, pueda volver a circular y a aparcar dónde y cuándo les plazca tranquilamente a bordo de  berlinas de última generación con chófer uniformado y sin tener que disputar, ni siquiera compartir espacios con esta gente tan repulsiva, tan insignificante,  mortales irrelevantes que se han atrevido a tener coche. Para estos últimos, todo lo más, las bicicletas.

Y los agentes del cambio, en sospechosa confluencia con los aristócratas de rancio abolengo son, como tienen por costumbre, las izquierdas de progreso que en su condición de nuevas castas privilegiadas se disponen en nombre de elevados principios: contaminación, calentamiento global, efecto invernadero, capa de ozono…  a despejar calzadas para que todo el que es “alguien” en este país haga lo que le dé la real gana al grito tan socorrido en tiempos franquistas de: “usted no sabe con quién está hablando”, grupo éste al que se arriman cada vez más personajes de la izquierda supuestamente igualitaria.

Lo dicho, todo el mundo a la bicicleta.

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