CONFLUENCIA

Lluvia mortal

Viajeros del tren nocturno

 

 

 

 

 

 

CONFLUENCIA.

Durante cuarenta años hemos vivido un sueño. El año 2007 estalló la crisis económica. Ahora, la confusión, el miedo, el terrorismo importado por nuestros propios gobiernos, la reaparición del comunismo revolucionario nos conducen al caos más absoluto.

¿Las causas? Seguramente la curiosa confluencia de intereses entre la izquierda más radical y eso que comienza a denominarse claramente con el apelativo de ultraliberalismo que nada tiene que ver con la libertad de mercado.

La Unión Soviética echó el cierre en los años ochenta. Se supone que cayó el muro, pero es más probable que las inteligencias que gobiernan este planeta lo dejaran caer voluntariamente. La guerra fría había demostrado que frente a la libertad, la libertad económica fundamentalmente, la planificación estatal había fracasado. La URSS no podía responder al desarrollo económico y sobre todo tecnológico y militar de los Estados Unidos. La revolución abandonaba su criatura más querida y se lanzaba al vacío. En adelante el proceso de cambio en occidente lo llevarían a cabo los miembros del partido en los propios países del bloque OTAN.

Las legiones de asalto estarían compuestas por los teóricos olvidados del sistema, todos aquellos que hubieran sufrido rechazo, burla, desamparo. Los nuevos pobres de la Tierra serían los humillados y preteridos en los esquemas mentales del liberalismo americano. Homosexuales, negros norteamericanos (afroamericanos en adelante para abolir el término “negro” o “negrata”, tan insultante y poco respetuoso), inmigrantes de otras culturas y sobre todo y por encima de todo, mujeres. Sin la mujer el hombre occidental, la sociedad en general está perdida. Oponer la mujer al varón es destrucción segura de cualquier cultura, a no ser… quizá las antiquísimas civilizaciones mariarcales. Tiempos en los que el misterio de la generación de vida se asociaba únicamente a la mujer y se entendía que la preñez se producía por influjo de dioses o seres espirituales, lo que dotaba a la hembra de la especie de singular relación con estas entidades superiores, amén de lógica posición preeminente sobre el varón.

Pero antes de adentrarnos en terrenos más fangosos hagamos un somero repaso de cierta memoria histórica que se quiere olvidar por parte de algunos o de muchos, tal vez.

El final del franquismo dejó una España con graves problemas, pero curiosamente en el aspecto económico en una buena situación respecto a las naciones de nuestro entorno. La transición estuvo condicionada por el terrorismo, sobre todo el etarra y también el de orientación marxista a cargo de grupos como el FRAP y el GRAPO. Por el lado de la reacción  también aparecieron marcas de asesinos asociadas a la extrema derecha (Guerrilleros de Cristo Rey. Triple A argentina, etc.). Uno de los casos que estuvo a punto de hacer tambalear el tránsito hacia la democracia fue la masacre del bufete de abogados especializados en temas laborales de Atocha. Sea como fuere, la nación, en su inmensa mayoría pacífica y poco dada a aventuras guerreras, aceptó el nuevo orden constitucional.

En el trasfondo ideológico de los partidos de izquierda continuaban existiendo las tendencias revolucionarias del marxismo tradicional, solo que la dirección de estos partidos había aceptado la tutela occidental a cargo de EEUU y Alemania que en modo alguno iban a permitir una España comunista.

Las luchas tradicionales contra el capital iban a dejar de lado los asuntos políticos y a centrarse en las empresas industriales, sobre todo de capital español, para liberar, (eso decían), a los trabajadores de las insoportables condiciones laborales que se veían obligados a padecer. El sindicato vertical franquista dejaba de existir y se sustituía por los sindicatos “horizontales” que identificaban al empresario como el enemigo a destruir, (véase ahora mismo el odio y las consignas antiZARA, antiMercadona, que los herederos de la revolución inacabada lanzan por cualquier tontería, (una donación de millones de euros para hospitales, por ejemplo), en los medios de prensa a su disposición. Es decir, casi todos).

La primera actuación democrática de los nuevos sindicatos de la libertad fue acabar con las listas abiertas de los candidatos a comités de empresa. La libertad de elección duró un instante, una elección y basta. De inmediato iba a ser el sindicato, la cúpula que se había hecho con el poder,  la que iba a decidir quiénes iban a ir en las listas. Los elegidos (a dedo)  tenían que ser ante todo adictos a la causa. Causa revolucionaria, por lo demás.

Un ejemplo. Recuerdo el sindicato ELA STV. Comenzó a funcionar bajo la dirección de un tal Alfonso Echeverría. La idea que se nos vendió a los que nos afiliamos era que se trataba de un sindicato profesional, ajeno a intereses políticos aunque evidentemente con tendencia nacionalista, más por antifranquista que por otra cosa. En aquellos tiempos, todavía no muy seguros en cuanto a la situación política general, conocí a uno de los líderes sindicales más comprometidos con la nueva organización. Un entusiasta que consumía cantidades industriales de tabaco y que se estaba dejando la vida en la puesta en marcha de las células sindicales todavía embrionarias. Sin embargo, había una cierta carga política que, neófitos como éramos en aquellas cuestiones, no acertamos a entender cómo se estaba apoderando del sindicato. De hecho algunos trabajadores de tendencia nacionalista fueron amablemente invitados a afiliarse a la organización. Los más prudentes rechazaron la oferta hasta que no se aclarara el panorama político.

El fracaso del golpe del 81 fue el aldabonazo de salida, o de entrada, según se mire. De un momento a otro Alfonso Echeverría fue defenestrado y sustituido por otro secretario general afín al PNV y sus intereses. El entusiasta líder sindical fumador que había puesto en marcha toda la estructura en una zona concreta del País Vasco a costa de su salud y de su seguridad personal, su mujer que también colaboraba en aquellos momentos y sus más allegados compañeros, todos ellos muy eficaces sindicalistas, pero poco comprometidos con la cuestión política, fueron también apartados y sustituidos por militantes del partido. El nuevo secretario general se asentó en el cargo y mantuvo el puesto hasta su jubilación, cosa de treinta o más años. Las democráticas decisiones sindicales se tomaban conforme a un extraño esquema de ponencias pseudopolíticas en congresos federales, confederales, siderales  que previamente debían de ser aprobadas por la “Comarcal”, sea eso lo que fuera. Y es de suponer que esa misma deriva es la que ha permitido a los sindicatos de ámbito estatal funcionar con secretarios generales cuyo nombramiento era a todos los efectos, vitalicio, siempre que se mantuviera en la necesaria obediencia política y dejaran en segundo lugar los intereses de los trabajadores. Obsérvese la siguiente noticia del neoliberal LIBREMERCADO, que no por ser ultraliberal miente, al menos en esta concreta cuestión:

Aquí

(El secretario general de UGT, Cándido Méndez se despedirá la próxima semana del cargo en el 42º Congreso Confederal del sindicato. Atrás quedan casi cuatro décadas (38 años) viviendo de UGT. En concreto estuvo 16 años en la federación andaluza y los últimos 22 como secretario general de la UGT…, etc.)

A José María Fidalgo, un sindicalista más centrado en la defensa de los trabajadores que en las luchas políticas le pasó esto…

Aquí.

Y duró muy poco en la dirección. Ahora bien, Fidalgo es hombre de carrera y es de suponer que habrá sabido vivir sin necesidad de CC OO.

Estos sindicatos, todos, tenían en su ideario un fundamento marxista, revolucionario, presente en mayor o menor medida. Quizá no tan acentuado en el sindicato vasco, más centrado en los intereses del PNV, poblado en cierta proporción por algunos industriales que así se creían a salvo de  ETA, pero que al fin y a la postre acababa arrastrando a todos ellos: la revolución, la lucha contra el empresario explotador. Las huelgas que hubieron de soportar los industriales vascos y, por extensión los del resto de España, fueron literalmente, salvajes, sin sentido reivindicativo sensato de ningún tipo. Se trataba de dar salida al odio de clase acumulado en la España que se había visto incapaz de ganar la guerra civil. Algún poso de vergüenza y de venganza por el fracaso debía de anidar en los ideólogos que finalmente, todo hay que decirlo, consiguieron lo que se habían propuesto, arruinar la industria nacional, acabar con ella y convertirnos a todos, ya definitivamente, en camareros. España entera ya ni  siquiera es un país de albañiles y camareros. Una vez desatada la crisis económica en torno al ladrillo, solo quedan taberneros autónomos y camareros contratados. Y no es broma, ni mera opinión personal.

Léase aquí

(España, país enfermo (II)

Los datos del mes de junio de las oficinas de los Servicios Públicos de Empleo Estatal (SEPE) son simple y llanamente un reflejo del modelo productivo por el que optó finalmente España: país de camareros, desindustrialización, salarios bajos y precariedad laboral…)

España es la triste realidad que conocemos todos, pero es más que probable que la enfermedad que nos afecta esté extendida también en otros países de nuestro entorno. La causa, por supuesto, la tan traída y llevada crisis, y mirando un poco más a fondo, los causantes de esa crisis son los que ahora se esconden detrás de eso que se llama mundialismo, nuevo orden, inmigración masiva y cosas semejantes. Y es que los grandes beneficiarios del desastre, son seguramente, los más listos del pueblo. Los economistas, avezados matemáticos expelidos por las elitistas universidades USA  y sus malas copias nacionales (reputadas escuelas de negocios de Madrid y Barcelona) que sustituyeron a los empresarios tradicionales. Los gestores que abandonaron  todos los principios de la lógica industrial y recompusieron las empresas en forma de formularios informáticos. De ellos y sus relaciones con los sindicatos revolucionarios hablaremos en el próximo post.

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