EL REINO: EMMANUEL CARRÉRE

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«EL REINO». Emmanuel Carrére. La crisis de «no fe» de un ateo racionalista.

Hubo un tiempo en que  Francia iba bien, era un país agradable que trataba de olvidar la última gran guerra. Despegaba la economía francesa como el elegante reactor supersónico Concorde. Emmanuel Carrére nació en el año 1957 y creció por tanto en los años sesenta en pleno desarrollo de la magnífica sociedad francesa de la abundancia y del hedonismo.

En el 68, a sus once años percibiría, se supone, los ecos de la gran revolución de los adoquines que acabó sucumbiendo a la lógica de un país que no se iba a convertir en comunista, porque el bienvivir se había instalado en la nueva Francia tutelada por el bloque occidental de la libertad de mercado y el sistema parlamentario.

No obstante siempre quedaba, quedaría, es de suponer también, en los jóvenes de entonces, esa pulsión genética que busca el cambio sea éste el que sea, una revolución que acabe con la injusticia y traiga a este mundo la paz, el amor, la justa retribución al trabajador, en definitiva la felicidad celeste que en las mentes apasionadas de los jóvenes no debe dejarse para los oscuros e inciertos pasajes de la ultravida.

Carrére es un hombre de extraordinario talento, un intelectual progresista que en su juventud pasará a formar parte de esa clase media cultivada, bien asentada en un trabajo creativo y remunerado como corresponde a las élites francesas que se están abriendo paso cabalgando sobre las olas del desarrollo económico  en la segunda mitad del siglo XX. Carrére no es un hombre rico en el estricto sentido de la palabra, sino un hombre bien situado, sólidamente instalado en la clase media,  con una ocupación respetada y una familia a la que es capaz de proporcionar todo aquello que a través de su condición de creador de guiones televisivos puedan necesitar. Sin embargo hay algo que Carrére no tiene, no consigue.

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La hoguera de Donald Trump

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 Analistas prestigiosos se devanan los sesos intentando explicar qué es lo que ha fallado en las previsiones que vaticinaban un triunfo holgado de la señora Clinton.

 Quizá la respuesta pueda encontrarse en un escritor no muy bien considerado en los ambientes intelectuales progresistas, pero extraordinariamente perspicaz y capaz de explicar convincentemente los profundos cambios que se han producido en los últimos años en la sociedad norteamericana. Se trata de Tom Wolfe y su serie de novelas más conocidas que se inicia con «La Hoguera de las vanidades», continúa con «Todo un hombre» y «Yo soy Charlotte Simmos», para finalizar, de momento con «Bloody Miami».

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DYLAN NO RESPONDE

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Los premios Nobel tenían prestigio. Los premios Príncipe  (Princesa será ahora, se supone) de Asturias son la versión hispana de andar por casa, (en este caso a cargo del erario público, en el anterior los instituyó una fundación privada), los premios hispanos, hecha la advertencia anterior,   pretenden emular a los que otorga desde hace más de cien años la Academia sueca y suelen patinar ridículamente para vergüenza propia y ajena una edición sí y la siguiente también.

 Es tradicional que siempre ha habido una conexión de tipo político o de ajuste a lo que se entiende por políticamente correcto entre los premiados por la Academia sueca. Así si un año se premiaba a un escritor de ideología comunista al siguiente se hacía con otro de tendencia contraria, si un año se llevaba el premio un europeo, al año siguiente le tocaba a un asiático con lo que la institución se hacía acreedora de las críticas y de los parabienes que se compensaban unos a otras dependiendo del año y atendiendo a cuestiones de tipo geopolítico más que a otras estrictamente literarias. De hecho cuando se premió a un escritor chino nadie por estos pagos tenía la más mínima idea de quién era ni del tipo de literatura que hacía y actualmente ni siquiera recordamos el nombre,  como es lógico suponer les ocurrió a los habitantes del antiguo celeste imperio cuando se premió al señor Cela.

 En el principio fue la palabra, y la palabra es composición sónica que describe objetos, sentimientos, sucesos…la palabra es, por tanto, algo más que simple comunicación, es creación, es lógico desenvolvimiento de un idioma que por procedimientos complejos, en muchos casos incomprensibles, crea el pasado, el presente, el futuro y se permite elucubrar acerca de hipotéticos sucesos anteriores y sus consecuencias en caso de que se hubieran producido aún siendo imposible la comprobación de tales supuestos. El idioma, el conjunto de palabras siempre dispuestas para su utilización siguiendo reglas lógicas de composición tiene su máxima expresión, de momento, al menos eso creíamos hasta ahora, no en el discurso oral improvisado o en el ajuste del estribillo al ritmo musical, sino en el extraordinario proceso de pensamiento, escritura, corrección, búsqueda incansable de nuevas formas de expresar lo que ya está escrito para ajustar mediante el método de prueba y error el mensaje al profundo significado que el autor imagina.

 Pues este año han premiado a Dylan, un cantante de origen judío del que siempre se ha oído hablar en España y en todo el mundo por el poder de los medios de propaganda norteamericanos y sus acólitos europeos más que otra cosa, pero al que aquí no se le ha seguido demasiado por aquello de que los cantautores solo son plenamente comprendidos en sus países de origen o por aquellos que comprenden el idioma en que se expresan.

Hay mucha gente que no está muy conforme con el premio otorgado; siempre se ha premiado a gente que escribe y Dylan que parece que también escribe sus canciones, es, antes que escritor, cantante. De todas formas, también aquí en España se premió  a otro trovador norteamericano, en este caso al canadiense Leonard Cohen en la modalidad de literatura. Si el premio de Dylan es controvertido el que se otorgó a Cohen era absolutamente injustificable, puesto que se unía el disparate  del premio literario a un intérprete de canciones cortas con la justificación de que escribía e interpretaba poemas al hecho incomprensible de que se premiara a un anglosajón al que muy pocos entendían, toda vez que en España e Hispanoamérica un tanto por ciento elevadísimo de la población no habla, ni entiende y mucho menos le interesa el cantante Cohen y tampoco demasiado el cantante Dylan. Con el problema añadido de que si a los escritores se les traduce y pueden ser entendidos y valorados a través de sus traductores no suele ocurrir lo mismo con los cantautores puesto que la letra está totalmente subordinada a la melodía y al ritmo musical.

Sin embargo la Academia sueca debe tener algún motivo  para premiar a este señor cuyos méritos, con ser muchos probablemente, no parecen los más adecuados para llevarse el gordo de los premios literarios anuales. Y es que la Academia sueca siempre premia con arreglo a intereses que al común de los mortales se nos escapan y que suelen estar bendecidos por ese algo misterioso que a la provecta institución interesa.

Lo que es un misterio es precisamente el interés que puedan tener los académicos en el señor Dylan y lo que representa, y algo debe haber sobre esta cuestión, de eso no hay duda. Lo evidente es la formidable repercusión mediática que el premio y su posible rechazo está teniendo en el mundillo literario y propagandístico en general.

 De todas formas tampoco hay que escandalizarse demasiado,  como su nombre indica el premio Nobel no deja de ser eso, un premio, una lotería en la que con determinadas papeletas, haber escrito unos cuantos libros y ser avalado por un grupo de personajes relevantes da derecho a tener unas cuantas en el bolsillo, con esas papeletas, insisto, quién las tenga puede ser agraciado con la chochona, cuestión de suerte después de todo.

 El problema será que, si bien antes el reparto de boletos estaba restringido a prestigiosísimos escritores e intelectuales ahora el acceso se abre a todo un mundo de posibles interesados, saxofonistas, pianistas, presentadores de noticias, intérpretes de anuncios de televisión, guionistas publicitarios de marcas diversas, desde dentífricos hasta jabones de lavadora, y cuantos etcéteras relacionados, aunque sea levemente con el mundo de la palabra escrita, podamos imaginar con lo que las posibilidades desbordarán las previsiones de la antes prestigiosa y austera Academia y ahora refulgente y colorista tómbola sueca.

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CINCUENTA SOMBRAS DE GREY

Editorial Amarante

https://editorialamarante.es/libros/novela-negra/el-caso-ontoria

SOMBRAS DE PELÍCULA

Antes de continuar con la serie de artículos sobre conspiraciones y control mental, asalta las salas de cine esta película basada en la famosa novela de E.L. James.

Con la pretensión más o menos fundada de ser escritor y habiendo publicado mi primera novela, siempre me ha intrigado el secreto de los “best seller”. Después de todo cualquier escritor o pretendiente a serlo, como es mi caso, lo que busca, más que ser un superventas es ser leído, y es evidente que algunos novelistas parecen haber dado con la clave.

Leí, en su momento, “El código Da Vinci”. La lectura es sencilla, y atrapa desde el primer momento, sugiere un tremendo secreto, sólo al alcance de unos pocos y el profesor norteamericano, (el auténtico protagonista. Los escritores norteamericanos siempre tiran para casa), especialista en simbología, carrera de la que yo nunca había oído hablar, promete descubrirnos las claves ocultas que nos conducirán a la luminosa verdad que algunos grupos fanáticos (el Opus Dei), pretenden ocultar. Como digo la lectura es ágil y la trama interesa desde el principio, sin embargo, el final es, al menos para mí, decepcionante. Que Jesús de Nazaret tuviera un hijo con María Magdalena, es, a la luz de los textos históricos con que contamos, una fantasía. En este sentido, el Código Da Vinci, lo entiendo yo como un ataque a la Iglesia Católica que al menos hasta el momento presente, ha sostenido que el Cristo de los evangelios, era el propio Dios hecho hombre.

Pero al margen de estas cuestiones de fe y de falta de ella, el secreto del éxito de ventas de Dan Brown, está en lo que yo, y esto es sólo mi opinión, llegué en su momento a identificar con un sistema o regla pautada que debe, en principio, conducir a la venta de miles de ejemplares.

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